Yo vi los primeros hornos de niño, cuando no nos faltaba el combustible y ser carbonero era —como decimos los cubanos— la última carta de la baraja.
Pero varios años atrás, antes del llamado ordenamiento, cuando el salario medio no rebasaba los 400 pesos al mes, entrevisté a un carbonero que devengaba por su difícil faena alrededor de cinco mil pesos mensuales. Y entonces era muy barato el saco de carbón.

El complejo escenario actual para cocer los alimentos ha disparado cruelmente su precio. Recientemente encima de una motoneta alguien le decía al interlocutor desde su móvil —quien evidentemente le sugería incrementar su precio— que él los vendía a 2 mil pesos el saco porque no era abusador.
Esos precios disparatados han incidido negativamente en aquellos que tienen la misión de producir para la exportación y obtener divisas para su empresa, porque la demanda nacional ha crecido exponencialmente, como es de suponer.
Escuchaba con atención el reciente reporte de mi estimado colega Alberto González Rivero sobre la UBPC Gregorio Pedroso de Encrucijada que lo produce y lo vende en las comunidades por latas, como una prueba de que su afán de servir al pueblo en circunstancias tan duras es mayor que el afán de ganancias. Son los ejemplos que debemos estimular y multiplicar en estos tiempos.

Tenemos marabú suficiente para satisfacer la demanda de carbón vegetal por mucho que crezca, pero hay que usar todas las herramientas de organización y planificación para que toda aquella forma productiva que pueda hacerlo no siga contemplando los marabuzales y perdiendo una fuente importantísima de ingresos, mientras ayuda a la población a resolver el gravísimo problema que es contar con el alimento y no poder procesarlo por falta de electricidad u otro medio de cocción.
La venta por acopio, a mil 500 pesos el saco, es una prueba de que esta es una actividad que tiene muchas reservas por explotar. ¿Si acopio puede, que es un intermediario estatal, porque hay que permitir a otros que lo vendan a mayor precio aprovechando la terrible necesidad que agobia a los consumidores?.
También en la comercialización del carbón, como en el resto de los productos y servicios de alta demanda, y hablo de los alimentos y el transporte, fundamentalmente, es posible poner tope al abuso, si existe la voluntad de hacerlo.
