Corría el año 1689. Un grupo de pobladores de San Juan de los Remedios, cansados de la tierra agotada y de los ataques de piratas, decidió buscar un nuevo hogar. Eran 175 personas en total. De ellas, 138 pertenecían a solo dos grandes familias. Parientes, primos, tíos y sobrinos que vinieron juntos a echar raíces.
Llegaron al centro de la isla, y bajo la sombra de un tamarindo —el mismo que hoy recuerda el Parque El Carmen— oficiaron la primera misa. Nació allí la Gloriosa Santa Clara, desde entonces, esta ciudad ha visto pasar el miedo y la esperanza. En 1867, una reina desde lejos quiso cambiarle el nombre, pero el pueblo se negó, y Santa Clara siguió siendo Santa Clara.
La ciudad ha sido testigo de batallas. En 1876, en 1896 y en 1958. Fue la única capital de provincia atacada en las tres guerras de independencia. Y en diciembre de ese último año, las tropas del Che Guevara tomaron la ciudad en una gesta que decidió el rumbo de la Revolución. Esa misma ciudad guarda hoy sus restos con orgullo.
Pero Santa Clara también ha presenciado el amor. El amor de Marta Abreu, que donó el Teatro La Caridad y tantas obras para su pueblo. El amor de su gente, que a pesar de las dificultades, de un cerco económico que aprieta, sigue engalanando su centro histórico urbano, sus calles, sus anhelos.
Hoy, como cada 15 de julio, los santaclareños se reúnen en el Puente La Cruz, reciben a nuestros vecinos remedianos para recordar a los primeros fundadores y sembrarán un nuevo tamarindo. Serán reconocidos hijos ilustres y recibirán lauros aquellos que se destacan en la vida económica y social del territorio central.
En esta ocasión, el homenaje se dedica a Marta Anido Gómez-Lubián, quien con 95 años sigue defendiendo la cultura y la historia de esta ciudad.
Porque Santa Clara, tierra de pilongos, se enorgullece de su gente. Esa que, 337 años después, sigue amando la misma semilla plantada bajo un tamarindo.
