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San Gil y el verdadero grito de independencia en Las Villas

San Gil y el verdadero grito de independencia en Las Villas

Y. Crecencio Galañena León / ACN

Jueves, 05 Febrero 2026 17:32

A 157 años de aquel amanecer revolucionario, la memoria de la primera guerra por la independencia cubana apuesta por precisión y justicia histórica.

El alzamiento del 6 de febrero de 1869, protagonizado por los patriotas de la región central, constituye un hito fundacional que, sin embargo, estuvo marcado, durante décadas, por imprecisiones geográficas.

Como aseguró a la Agencia Cubana de Noticias Hedy Hermina Águila Zamora, historiadora de Santa Clara, el movimiento independentista en el centro de Cuba no surgió de la nada.

Fue el fruto de largas tertulias en la farmacia local La Salud y la fábrica de gas, donde un grupo de ilustres reformistas, desencantados tras el fracaso de la Junta de Información en España, dieron el giro definitivo hacia la insurrección.

San Gil y el verdadero grito de independencia en Las Villas

Entre ellos, destacaban figuras como el cultísimo periodista Eduardo Machado Gómez que hablaba seis idiomas, el poeta y hacendado Miguel Gerónimo Gutiérrez, y los médicos Antonio Lorda y Tranquilino Valdés. Todos, miembros de la élite cultural del Liceo santacleño, decidieron arriesgarse por la libertad.

La chispa se encendió, relata la historiadora, tras un incidente aparentemente trivial. Al ser cuestionados por no asistir a una función teatral, uno de los conspiradores exclamó que no estaban para divertirse mientras “en Oriente se matan nuestros hermanos”. 

Esa frase, pronunciada a finales de 1868, tras el alzamiento en La Demajagua, fue el detonante para la creación formal de la Junta Revolucionaria de Las Villas.

Después de ser delatados el 2 de febrero de 1869, los comprometidos huyeron. Y aquí surge una de las correcciones históricas más relevantes que subraya Águila Zamora; contrario a lo que por años han repetido algunos textos, el “Grito de San Gil” no ocurrió en las inmediaciones de Manicaragua. 

Insiste en que el verdadero San Gil, se ubica en Maleza, muy cerca de Santa Clara.

Ese error, tanto histórico como geográfico, creó incongruencias en la narrativa del alzamiento, el cual tuvo dos actos: primero, el de los insurrectos del referido centro urbano y Sagua la Grande el 6 de febrero en San Gil; y segundo, el de toda la provincia de Las Villas el 7 de febrero en la finca El Cafetal, en Manicaragua.

En ese levantamiento inicial del día 6, ondeó por primera vez en el centro de Cuba una bandera que cargaba un profundo simbolismo; la confeccionó la camagüeyana Inés Morillo siguiendo el modelo de Narciso López, y sería esa misma enseña sobre la que, semanas después, el presidente Carlos Manuel de Céspedes juraría en Guáimaro. 

Eduardo Machado, su portador, dejó constancia de que fue el polaco Carlos Roloff, quien la llevó a la Asamblea Constituyente, un dato que vincula indisolublemente el alzamiento villaclareño con el nacimiento de la República de Cuba en Armas, afirma Águila Zamora.

El movimiento, pese al entusiasmo de sus más de cinco mil alzados, enfrentó duras realidades, porque solo contaban con 200 armas, muchas de ellas viejas escopetas.

Además, la prometida ayuda de la Junta de La Habana, liderada por Morales Lemus —quien pretendía proteger los intereses azucareros del occidente— nunca llegó. Aun así, su decisión estaba tomada.

La epopeya de esos patriotas que, tras el alzamiento marcharon hacia Camagüey para unirse a la Asamblea de Guáimaro —donde Gutiérrez fue electo vicepresidente de la Cámara— tuvo un final trágico. 

Ninguno de los próceres villaclareños que firmaron la primera Constitución cubana sobrevivió para ver el fin de la guerra, ni pudo regresar a luchar en su tierra natal.

Rememorar el 6 de febrero de 1869 es, por tanto, hacer justicia. Es corregir el mapa de nuestra memoria independentista, reconocer el valor de una élite ilustrada que supo empuñar las armas, y honrar a quienes, desde el corazón de Cuba, alzaron la bandera que juraría nuestro primer presidente, y legó un capítulo esencial y rectificado de la nación.