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Ramiro Valdés: el muchacho de Artemisa que se hizo leyenda

Ramiro Valdés: el muchacho de Artemisa que se hizo leyenda

Oscar Salabarría Martínez

Domingo, 21 Junio 2026 20:47

«La partida del último de los barbudos duele como la de un padre», dijo Díaz-Canel. Y es que Ramiro Valdés Menéndez no fue solo un comandante; fue un hombre de carne y hueso que nunca olvidó a los que cayeron a su lado.

Hay hombres que la historia convierte en monumentos. Y luego están los que, siendo monumentos, no olvidan jamás a los compañeros que compartieron con ellos el fusil, el hambre y la esperanza. Ramiro Valdés Menéndez, fallecido este domingo a los 94 años, pertenecía a esa estirpe: la de los gigantes que siempre supieron que ningún título los exime de recordar a los que quedaron en el camino.

Nació en Artemisa, en el barrio La Matilde, en el seno de una familia humilde. Su madre, a quien él recordaba como una mujer íntegra, fue el pilar de aquel hogar donde no sobraba nada. Esa fue la cuna del hombre que después asaltaría el Moncada, sobreviviría al Granma y pelearía junto al Che en la invasión a occidente para liberar a Cuba de la tiranía batistiana.

Porque Ramiro fue de los primeros. De los que a los 21 años se jugaron la vida sin saber si habría un después. De los que cruzaron el mar en el yate Granma y desembarcaron en un pantano para iniciar la lucha libertaria. De los que llegaron a la Sierra y luego, bajo el mando del Che, recorrieron a pie media isla hasta Las Villas. Raúl Castro lo llamó «un mambí de estos tiempos». Y no era metáfora, era reconocimiento a un soldado que nunca pidió descanso.

Pero si algo distinguía a Ramiro Valdés era su manera de estar. No le gustaba hablar en primera persona. «No me gusta ser protagónico de algo que sencillamente creo que todos hemos hecho de forma muy natural», confesó. Por eso dio tan pocas entrevistas. Por eso su figura, siendo tan central, siempre fue tan discreta. 

Esa humildad no era pose. Era raíz. Cuando en 2019 la Asamblea Provincial de Villa Clara lo distinguió como Hijo Ilustre, Ramiro subió al estrado visiblemente emocionado y no habló de sí mismo. Dijo que recibía el reconocimiento «en nombre de decenas y cientos de compañeros que no pueden estar entre nosotros, porque fueron cegadas sus vidas». Recordó a los artemiseños caídos en el Moncada, recordó al Vaquerito, que murió horas antes del triunfo. «Toda la gloria del mundo», decía su madre parafraseando a Martí, «cabe en un grano de maíz». Y él, que había sido ministro del Interior, vicepresidente del Consejo de Estado y vice primer ministro, se consideraba apenas un grano más en el surco de la patria.

Tuvo también misiones que marcaron su vida para siempre. Fue el hombre encargado de buscar, exhumar y trasladar a Cuba los restos del Che Guevara y sus compañeros caídos en Bolivia. En silencio, como todo lo suyo, cumplió esa tarea sagrada. Cuando en 1997 llevó los restos del Che hasta el Memorial de Santa Clara, supo que ya estaba atado para siempre a esa tierra. Por eso Villa Clara lo hizo Hijo Ilustre. Porque no solo había peleado allí; había vuelto para quedarse, en el corazón de los que lo vieron llegar con la tropa del Che y lo vieron regresar con el héroe en los brazos.

El presidente Miguel Díaz-Canel escribió este domingo que su partida «duele profundamente, como la de un padre». Y añadió: «Así lo quise y respeté siempre. Así recordaré su apoyo y consejos, su discreta colaboración y ejemplar consagración al servicio de la patria». Porque Ramiro Valdés fue, ante todo, un consejero discreto, un hombre que no buscaba reflectores sino resultados, que no pedía reconocimiento sino que daba ejemplo.

Se nos va uno de los últimos barbudos, el último de los que estuvieron en el Moncada, el Granma, la Sierra y la invasión. Pero no se va del todo. Queda su lección: que la grandeza no se mide por los cargos que se ocupan sino por la humildad con que se sirven. Que se puede ser comandante y seguir siendo el muchacho de Artemisa que soñaba con una patria mejor. Y que, por encima de todo, un revolucionario auténtico nunca olvida a los que compartieron con él el riesgo y la muerte.

Ramiro Valdés Menéndez: hijo de Ofelia, soldado de Cuba, hombre de silencio y de obra. ¡Hasta la victoria siempre, comandante!