Tuve maestros inolvidables, pero lo cierto es que solo con López Palacio consumía con gusto escuchándolo, mi tiempo de receso, tras concluir su clase de Didáctica en la carrera de Letras de la Universidad Central.
Nuestro último encuentro fue casual, sentados en la Terminal de Ómnibus Nacionales de Santa Clara. Había entrado a un rápido trámite, pero me quedé embelesado, como ocurría en sus clases, y conversamos de lo humano y lo divino, de Cuba y del mundo, de angustias y vivencias.
En medio de la charla me hizo una corrección, con paternal delicadeza, sobre un vocablo que usaba mal hasta ese día.
—Qué pena profesor, y eso que soy lingüista, le dije con pudor y me respondió:
—Pena deben sentir los que andan por la tierra creyéndose infalibles como Dios.
Así era el profesor López Palacio, agradable y sincero, único, un paradigma de pedagogo. Jamás voy a olvidar su abrazo de despedida, sin imaginar entonces que sería el último.
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