«Dicen que aquello allá arriba es un paraíso; mas, nunca he llegado hasta allá. He pasado mi vida trabajando la tierra al pie de esta montaña», sostiene, mientras sus manos temblorosas de frío se recogen en el pecho, es su único abrigo.
Y tiene suerte: esa noche una vecina le ofreció un pozuelo colmado de sopa espesa y caliente; un verdadero manjar para quien busca alivio en medio de la tempestad.
Marilú insiste en compartir ese caldo que verdaderamente olía muy bien.
A pocos metros de aquel portal, donde todos nos protegíamos de la lluvia, está su casa. Debió faltar poco para que el tejado se le viniera encima, pienso en voz baja, ya en el trayecto hacia la vivienda.
Ella no sabe quién le acompaña, pero ambas se toman las manos para cruzar el agua que escurre loma abajo. La discapacidad en las piernas de Marilú resulta evidente y llama la atención. Apenas hemos intercambiado palabras, y también advertimos la fuerza de su espíritu, de su carácter, de sus sentimientos.
No puede evitar romper en llantos cuando la mujer que la abraza muy fuerte le dice: «No llores, no llores, verás que te vamos a arreglar tu casita».
No pasó mucho tiempo para que otra vez llegase la temporada de lluvias. Hoy es viernes, y como se ha convertido en costumbre, cada vez que subimos a las montañas del Escambray, en Manicaragua, el carro se detiene frente a su puerta. El día está nublado, la brisa es suave y húmeda; mas, Marilú ya no se moja.
«Gracias, gracias» —no para de decir y abre grande sus brazos— «¡Llegaron la gobernadora y la secretaria, llegaron mis niñas!».

