En el primero de mayo del 59 habló Raúl, mientras Fidel viajaba hacia Argentina. En lo adelante, Fidel siempre estaría allí encabezando la concentración o el desfile.
Como la nuestra es una Revolución obrera y campesina, no fue casualidad que el Comandante en Jefe escogiera el 1 de mayo del año 2000 para exponer su concepto de Revolución que aún trasciende por su integralidad.
No solo resalta su llamado apegado a la dialéctica marxista que significa “cambiar lo que debe ser cambiado”, sino también a “no mentir jamás, y ser tratado y tratar a los demás como seres humanos”.
En mi ya prolongada vida laboral por cuatro décadas, solo falté dos veces al desfile del 1 de mayo por estar fuera de Cuba en los años 90 y 91, unas veces lo hice en mi natal Manicaragua, y muchas otras con las manos en alto como acto permanente de lealtad al Che frente a su enorme estatua, que es igual que ser fiel a Fidel.
La Covid-19 nos obligó a una tregua para cuidarnos entre todos la salud, pero la tradición regresó a nuestra plaza guevariana.

Hemos celebrado este primero de mayo en condiciones muy complejas, no hay por qué negarlo, en medio de graves carencias que maltratan a nuestro pueblo más humilde.
Incrementar la producción, sobre todo de alimentos, asegurar los medicamentos imprescindibles, rescatar la disciplina y enfrentar las violaciones, son metas a cumplir con la mayor urgencia para mantener viva la esperanza de salir adelante.
En ese pueblo que desfiló continúa germinando la semilla sembrada por Fidel, y cuando un pueblo no flaquea y sabe por qué lucha, realmente no puede ser vencido y es capaz de superar las consecuencias nefastas del criminal bloqueo yanqui, y de errores y malas decisiones de los hombres.
Las trincheras siguen ahí, de ideas y de piedras.
