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La nueva misión en Venezuela de una encrucijadense
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La nueva misión de una encrucijadense en Venezuela

Alberto González Rivero

Miércoles, 07 Enero 2026 17:03

Vivian Morales Pérez, colaboradora de la medicina cubana en el país suramericano por tercera ocasión, rememora su dedicación con el nieto Joseíto, y recuerda cuando se vestía con su bata blanca para representar a los electores de Calabazar de Sagua en la Asamblea Municipal del Poder Popular de Encrucijada.

La calabaceña Vivián Morales Pérez, colaboradora internacionalista en Venezuela por tercera ocasión, es de las valientes de la medicina cubana que permanecen en tierra de Bolívar, pese a la hostilidad y los desafueros del gobierno de los Estados Unidos contra la nación suramericana, pese a que extraña a su familia, a sus nietos, a la gente sencilla de su pueblo.

Cuando veo al pequeño Joseíto que va cada mañana para la escuela primaria Antonio Maceo, entonces me viene a la mente que a Vivian no le alcanzan las estadísticas, de las veces que vino a buscar a su casa para llevarlo a clases al antológico centro estudiantil del poblado encrucijadense.

Ni tampoco hay apuntes, ni números suficientes que describir, porque ella era delegada de circunscripción antes de partir hacia otra misión en su segunda patria, y asistía a las asambleas con su bata blanca y su banderita venezolana a representar a sus electores, como lo hace con sus pacientes en el puesto médico donde está destacada. Los atiende, los anota en otra muy humana experiencia por el barrio, por la comunidad.

Vivian está atenta a lo que pasó en Venezuela, conoce muy bien de la sensibilidad de los que viven en una tierra de valientes, está en desacuerdo con la intervención del gobierno de los Estados Unidos, pero sigue en la pelea y sigue con sus estadísticas de amor por sus pacientes. Y los escucha y tiene la sensación de que la Salud Pública, la colaboración cubana, también es un arma de combate en este momento tenso en la hermana República Bolivariana, tras el secuestro impúdico del presidente Maduro y de la primera combatiente, Cilia Flores.

Y cuando ve a un niño que viene con su mamá a la consulta médica, entonces vuelve a su Calabazar de Sagua y toma de las manos al nieto Joseíto y lo conduce hasta la escuela, y también abraza al pequeño morocho, escribe nombre y apellidos del acompañante, y cuando lo ve partir hacia la comunidad donde reside, tal vez para jugar con sus amiguitos, cree en la justicia posible para que Venezuela pueda vivir en un ambiente de paz y de solidaridad, sin injerencia extranjera.