Durante décadas escuché a varios directivos calificar a esa rama como la oveja negra de la Agricultura en Villa Clara, por sus reiterados incumplimientos y bajos rendimientos agrícolas. No son magos los que lograron el cumplimiento de los planes y que la provincia llegara a superar por primera vez en la historia el rendimiento exigido de una tonelada por hectárea.

Son muchos los que han contribuido al éxito productivo, comenzando por nuestros heroicos vegueros que no descansan un minuto desde que preparan los semilleros y los suelos, muchos de ellos arrancados al marabú, hasta que acopian el tabaco.
Pero también es justo asociarlo con el nombre de dos directivos: el veterano Joaquín González, alma del salto productivo que convirtió a Placetas en reina del tabaco en la provincia; y Antonio Subí Pérez, el incansable manicaraguense que dio luz a una La Estrella opaca por muchos años; como director, la empresa rectora del tabaco agrícola.
Subí acuñó la frase familia tabacalera de Villa Clara, que ahora tiene menos vegueros pero que siembran y producen más, con eficiencia. No hay otro secreto.
Desaparecieron aquellas grandes plenarias a las que asistí durante muchos años en que la queja era el lenguaje común y ahora, además de menos reuniones, puede haber un reclamo, siempre para sembrar o producir más, pero lo que prevalece es el entusiasmo y la consagración.
No se trata de un salto en la producción por un golpe de suerte, ni de unos pocos protagonistas, es que los avances son sostenidos y sostenibles, aseguran el crecimiento año tras año. Y si hay producción de tabaco, hay materia prima para los que tuercen el mejor “habano” del mundo.

Ahora son miles de familias las que se benefician de los resultados económico-productivos de ese sector con magníficos ingresos, pero su huella bondadosa ha llegado a muchos fuera del sector, especialmente a los enfermos, porque lugares sensibles como hospitales, han recibido sus altruistas donaciones.
No es cuestionable la solvencia que sale del sudor, los tabacaleros son cada día mejores. Martí lo había vaticinado al escribir: «en lo común de la naturaleza humana se necesita ser próspero para ser bueno».
