Y para entender parte de esa historia hay que hablar de Fidel Castro, quien desde los primeros días del triunfo revolucionario puso su mirada en la industria azucarera y convirtió el dulce más amargo del país en un símbolo de soberanía.
Su relación con el sector fue intensa. El azúcar fue, durante siglos, el motor de la economía cubana, pero hasta 1959, estuvo en manos de latifundistas y compañías estadounidenses. La primera gran impronta de Fidel llegó con la Ley de Reforma Agraria y, posteriormente, con la nacionalización de los ingenios en 1960 que pasaron a manos del Estado.
Fidel entendió que sin control sobre el azúcar, no había revolución posible. Era la espina dorsal del país.
Las décadas de los 70 y 80 vieron los mejores años de la industria, con producciones que sobrepasaban los siete millones de toneladas.
En 1970 el país enfrentó la zafra de los diez millones y a pesar del extraordinario esfuerzo no se llegó a la meta fijada. Fidel, tras reconocer su incumplimiento, pronunció las histórica frase de “A convertir el revés en victoria”.
Fidel, obsesionado con la eficiencia, ponderó la mecanización del corte de caña, sustituyendo el machete por las combinadas. Esa visión de mecanización se materializaría años después, cuando en 1977 inauguró una fábrica en Holguín y para 1989 ya más del 70% de la caña se cortaba de forma mecanizada. Sentenció que el machete era esclavitud y que la máquina era dignidad.
La caída de la ex URSS y del campo socialista en 1991 fue un duro golpe para la economía cubana, el sector azucarero sintió profundamente esa herida. Fidel, lejos de rendirse, tomó una decisión enérgica en 2002: el redimensionamiento. De los 156 ingenios, se cerraron más de la mitad. Es duro decirlo, fue una decisión dolorosa pero en el momento fue una necesidad estratégica.
Hoy, a pesar del momento tan difícil por el que transita el sector, la impronta de Fidel perdura y sigue viva y la historía del azúcar en Cuba no se entiende sin Fidel Castro.
Como alguien dijo una vez, el azúcar es sinónimo de Cuba, es parte de nuestra alma, es lo que nosotros somos. Y en esa alma, la figura del Comandante en Jefe dejó una marca que ni el tiempo, ni el cierre de centrales, ni los actuales momentos de crisis podrán borrar.
