Nació en 1922, en Encrucijada, Villa Clara, en el seno de una familia humilde, y desde muy joven se sumó al movimiento revolucionario, porque veía el hambre, la injusticia, y no podía mirar para otro lado.
El 26 de julio de 1953, participó en el asalto al Cuartel Moncada. Fue detenida, torturada. Sufrió la dura pérdida de su hermano. Pero no habló. Esa fue Haydée: la que guardó el dolor y lo convirtió en obra.
Después del triunfo revolucionario, muchos esperaban que ocupara un cargo político. Pero ella eligió la cultura. Fundó la Casa de las Américas en 1959, y desde allí tendió puentes con intelectuales de todo el continente. Recibió a escritores perseguidos, organizó seminarios, publicó libros. Fue una embajadora sin credenciales, una mujer que entendió que la Revolución también se hace con poesía, con música, con pensamiento crítico.
El 28 de julio de 1980, Haydée se fue. Pero su legado quedó en cada libro publicado, en cada joven escritor que encontró voz, en el premio que lleva su nombre y en los miles de artistas que pasaron por aquella institución y encontraron un hogar.
Hoy, cuando el periodismo y la cultura buscan caminos, Haydée Santamaría sigue siendo una brújula. No la de la nostalgia, sino la de la coherencia. La de la mujer que perdió a su hermano y no odió. La que fue torturada y no se convirtió en verdugo. La que pudo ser ministra y prefirió ser anfitriona de los sueños ajenos.
