Y al centro de la isla regresó muchísimas veces, en día alegres y en los momentos más difíciles, porque así fue siempre Fidel con su pueblo: protección y consuelo, abrigo y fe.
Estuvo con nosotros para construir, desde su cabaña de trabajo, caminos y hospitales, patria y porvenir.
Volvió a abrigarnos en aquellos días terribles de 1988, cuando la lluvia y las montañas se volvieron uno y tantísimos en el Escambray quedaron aislados en medio de la furia de la naturaleza, una furia que tampoco pudo con Fidel.
Esta tierra no olvidará su visita de 1996, cuando conversó con Las Marianas, con los hombres y mujeres de la Textilera, cuando recorrió aquel sueño que empezaba a volverse realidad y una carretera en medio del mar olía a futuro.
O cuando precisamente el 30 de septiembre de ese año, nuestra plaza se volvió un mar de pueblo para oír su inigualable palabra de aliento en medio de los años más difíciles del periodo especial.
A esta misma plaza volvió después a decirle el último adiós a su amigo de ideas y de lucha, cuando el 14 de octubre de 1997 Santa Clara acompañó al Che hasta su descanso definitivo.
Y es que aquí, a cien años de su natalicio, Fidel vive, no solo con el halo místico de quienes vienen al mundo como seres únicos e irrepetibles, sino como el hombre que trajo consigo las promesas cumplidas de construir esa Cuba con todos y para el bien de todos que soñó el Apóstol, ese al cual aquel joven tampoco dejó morir en el año de su centenario.
