Cuentan las crónicas de la época y la memoria de nuestro pueblo que, con 22 años, Lina Ruz apenas veía bajo la luz de los candiles aquella madrugada de San Hipólito de 1926. Dolía ese tercer parto: un niño de 12 libras que la familia nombraría Fidel. Ángel, el padre del recién nacido, esperaba ansioso en otra habitación de la casona de Birán, en la antigua provincia de Oriente. Un lugar fértil y húmedo que él eligió para vivir tras emigrar de su Galicia natal.
Cinco años tenía el pequeño Fidel cuando Lina, su madre, lo mandó a Santiago de Cuba para que aprendiera a leer y escribir. Fue allí donde, por azares de la vida, sería bautizado por su padrino, el Cónsul de Haití. Fidel nunca olvidaría entonces el agua bendita de la Catedral de Santiago. Tal vez, aquel ritual fue el primer paso para convertirlo en el hombre más sagrado para muchas generaciones de cubanas y cubanos, en esa especie de Dios que sobrevivió a cientos de atentados o en el «guerrillero del tiempo» que una vez se quedara solo y de pie frente a las balas del cuartel Moncada.

Cien años cumpliría ahora el caguairán invencible. ¡Cuántas anécdotas para contar de quien ya ha sido absuelto por la historia: la del teniente batistiano que le salvó la vida una mañana de Santa Ana al desafiar las órdenes de los esbirros, las batallas en la Sierra, sus jonrones en la pelota y tantas otras!
Pero Fidel no es solo historia. Es presencia. Esa que sintieron los hombres de Playa Girón desde el preludio de la invasión mercenaria, cuando, herido de muerte por la metralla, el combatiente Eduardo García Delgado escribió con su propia sangre un nombre: FIDEL. Esa presencia que inmortaliza la imagen del líder saltando victorioso de un tanque T34, tras vencer a los invasores. En primera fila del combate y del peligro estuvo siempre nuestro comandante en jefe.
En el año de su centenario, evocamos sus palabras. Fidel nos instó, con el concepto de Revolución, a tener la convicción profunda de que no existe fuerza en el mundo capaz de destruir la fuerza de la verdad y de las ideas. Y al clausurar la conferencia internacional martiana del 2003, expresó: «Frente a las armas sofisticadas y destructoras con que quieren amedrentarnos y someternos: ¡sembrar ideas!, ¡sembrar ideas! y ¡sembrar ideas!». Así, el pensamiento de Fidel, profundo discípulo del Apóstol, nos inspira y nos convoca.

Por estos días, parece que está de pie, aún lleva estrellas y laureles en los hombros, sobre los que vienen a posarse las palomas.
Bendita entonces aquella agua de la Catedral de Santiago. Bendita su madre Lina y bendito Ángel, su padre, por legarnos la luz, la guía, el pastor de los humildes y por los humildes.
En este centenario, no lo lloramos. ¡Lo celebramos! Porque Fidel Castro Ruz no es un recuerdo, es una certeza. Es el hombre que nos enseñó que mientras haya un cubano dispuesto a sembrar ideas, él seguirá vivo en cada rincón de esta Cuba libre.
