Los que nacimos después de aquel enero, nunca vivimos un escenario más complejo, ni pudimos imaginar que un día todo sería más difícil que aquellos años duros de los 90, en que nos quedamos solos, doblemente bloqueados, y con Fidel al frente decidimos que era «mejor hundirnos en el mar, antes que traicionar la gloria que se ha vivido», como dijera el cantor. Y triunfamos.
Al bloqueo asfixiante del imperio se unen a mi juicio, falta de previsión y errores cometidos que complejizan aún más la situación. Nos falta la corriente, el agua, escasean los alimentos, medicinas, y las diferencias notables de ingresos influyen en la conciencia de quienes Fidel nos hizo sentir iguales.
Ahora irrumpen juntos dos nuevos huracanes. Rafael con su estela de destrucción escogió el peor momento, como para hacernos pensar que hasta la naturaleza está contra nosotros. Y Trump, quien ya probó su odio en el primer mandato con 243 medidas contra el pueblo cubano, vuelve a ser electo presidente de la gran potencia que nos bloquea con insaciable saña.
¿Qué hacemos? Viene a la mente Agramonte, cuando al preguntarle con qué iban a pelear sin fusiles ni balas, respondió: «con la verguenza». La disyuntiva vuelve a ser el Zanjón o protestar, como en Baraguá.
Son tiempos no solo de protestar contra el enemigo, sino de enfrentar las causas de lo que anda mal por cuestiones que toca a los cubanos resolver.
Pero hay cuestiones de principios que no pueden obviarse. Ante el huracán que nos azota y con Trump de nuevo presidente electo, pienso en Fidel, en el «aquí no se rinde nadie» de Almeida, y en el Martí que escribiera, «es mejor dejarse morir por las heridas que permitir que las vea el enemigo».
¿Qué hacer? No tengo dudas, escuchar y atender lo que piensa nuestro pueblo humilde y heroico, que borró de su diccionario, a instancias de Fidel, el vocablo rendición.
