Fundada en 1832, su historia se respira en cada rincón, especialmente en el Parque de la Libertad, el corazón social de la ciudad, donde su icónica glorieta de mármol invita al sosiego.
La Parroquia de la Purísima Concepción, con su sencilla fachada neoclásica, atesora la fe de un pueblo que vibra al ritmo de sus tradicionales parrandas, compartiendo la fama de estas fiestas con su vecina Remedios.
El alma marinera de la villa se palpa en su animado malecón, un punto de encuentro donde el salitre y la brisa se mezclan con el ir y venir de los pescadores locales. Desde allí, la mirada se pierde en el horizonte donde comienza el imponente pedraplén, una obra de la ingeniería que, como un lazo de cemento y mar, une a Caibarién con los paradisíacos Cayos de Villa Clara.
Hoy, el Museo de la Agroindustria Azucarera Marcelo Salado, en el antiguo central Reforma, es un testimonio vivo de esa época dorada, donde visitantes y lugareños pueden revivir la historia que endulzó al mundo a bordo de un tren de vapor.
Y en la entrada de la ciudad, un gigantesco cangrejo, creado por el artista Florencio Gelabert, da la bienvenida celebrando la curiosa migración que cada año tiñe las calles y hermana a los «cangrejeros» con su tierra.
