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Abel, el más generoso e intrépido, el amigo de Fidel

Abel, el más generoso e intrépido, el amigo de Fidel

Aída Quintero Dip / ACN

Lunes, 19 Octubre 2026 11:06

El Comandante en Jefe Fidel Castro tuvo el alto privilegio de llenarse de gloria en su vida de excepcional revolucionario, al protagonizar hechos y momentos de la historia que constituyeron hitos en el devenir de la nación cubana y lo convirtieron en el más consecuente discípulo del Héroe Nacional José Martí, a quien adjudicó la autoría intelectual del asalto al cuartel Moncada.

Más fogueado y experimentado en los avatares de la lucha, Fidel tuvo la visión y sabiduría de nuclearse de valiosos jóvenes y escoger como segundo jefe de la gesta del 26 de julio de 1953, a Abel Santamaría Cuadrado, de profunda raíz martiana, aspecto que los unió indisolublemente; además de un coraje y altruismo a toda prueba.

Qué otras virtudes había en él que calaron hondamente en el jefe del Movimiento 26 de Julio, cómo se conocieron, por qué lo declaró en el juicio por los sucesos de ese día como “el más querido, generoso e intrépido de nuestros jóvenes, cuya gloriosa resistencia lo inmortaliza ante la historia de Cuba”.

Abel, quien siempre se distinguió por su fervor patriótico, amor a su tierra y ansias de verla libre y soberana, nació el 20 de octubre de 1927, en Encrucijada, Las Villas (hoy Villa Clara), y nunca ocultaba sus inquietudes revolucionarias e interés que le provocaban la inspiradora vida y obra de José Martí y Antonio Maceo.  

Hijo de Benigno Santamaría Vásquez y de Joaquina Cuadrado, los cuales emigraron a Cuba a principios del siglo XX; de muy niño se trasladó con la familia al central azucarero Constancia, donde su padre trabajó como jefe de taller de carpintería. Allí tuvo una niñez feliz junto a sus hermanos Haydée, Aída, Ada y Aldo, y fue un gran aficionado a la poesía.

Al terminar la enseñanza primaria, comenzó a trabajar: fue mozo de limpieza, despachador de mercancía y finalmente oficinista; desde entonces entró en contacto con los trabajadores azucareros, que años atrás dirigiera Jesús Menéndez, otro cubano de estimulante trayectoria que influyó en el villaclareño.

En busca de mayores posibilidades de trabajo y estudio, en 1946 decidió trasladarse a La Habana, donde sus inquietudes políticas lo llevaron a ingresar en la Juventud Ortodoxa y, al ocurrir el golpe militar de Fulgencio Batista, el 10 de marzo de 1952, resultó de los primeros en manifestar su repulsa a ese hecho.

Su hermana Haydée, con quien tenía hermosas relaciones y fuertes lazos, porque abrazaron lo mismos ideales, siempre testimoniaba sobre aquella tarde en que Abel llegó al apartamento donde vivían, en 25 y O, en el Vedado, con un nuevo compañero, sin disimular su gran alegría por haberlo encontrado: era Fidel, el hombre que cambiaría el destino de Cuba, así pensó desde entonces.

Ambos se conocieron durante los actos de conmemoración del primero de mayo de 1952, cuando se le tributaba un sentido homenaje al obrero Carlos Rodríguez, asesinado el año anterior por la policía.

De tal forma Abel encontró a quien, como él, creía que "una revolución no se hace en un día, pero se comienza en un segundo" y, por otra parte, Fidel conoció a uno de los osados jóvenes con los que asaltaría 15 meses después el cuartel Moncada, ya que hubo, entre otras cosas, coherencia de pensamiento: “había que hacer algo contra la dictadura”.

Un estrechón de mano selló el destino histórico de aquellos hombres y devendría factor que aceleraría el triunfo de la Revolución, el primero de enero de 1959.

Fidel como líder del Movimiento 26 de Julio, creado en 1955 tras el asalto a la segunda fortaleza militar del país, consideraba que el derrocamiento del gobierno batistiano sería solamente el punto de partida de las transformaciones sociales que el pueblo cubano necesitaba, aspecto muy coincidente con el villaclareño.

Con solo 25 años, Abel sobresalió por la profundidad de sus ideales y ardiente pasión por la soberanía del país; entregó tanta energía a la organización de la lucha contra la tiranía de turno que el líder amigo lo calificó como el alma del Movimiento, el segundo al mando de la gesta del Moncada, para que el Apóstol José Martí no muriera en el año de su centenario.

En aquella época el tiempo apenas alcanzaba: edición del periódico mimeografiado clandestino Son los mismos, cuyo director era Raúl Gómez García, convertido en El Acusador, el primero de junio de 1952, a sugerencia de Fidel por ser un nombre más combativo para encender la llama insurreccional, con él y Abel como cronistas y polemistas; conspiran, planean, avizoran con la figura de Martí presente.

De sus tres números, el último se distribuyó el 16 de agosto del mismo año, en la peregrinación al cementerio Colón con motivo del primer aniversario de la muerte de Eduardo Chibás, día en que Abel fue detenido y conducido al Castillo del Príncipe, y más tarde enjuiciado por el Tribunal de Urgencia.

Con posterioridad, ambos revolucionarios se trasladaron a la provincia de Matanzas para contactar con el Dr. Mario Muñoz, quien además de médico era radioaficionado y les entregó dos pequeñas plantas, luego trasladadas a La Habana con el fin de fustigar a la tiranía.

Así llegó el día en que atacaron el Moncada, reinicio de la lucha por la plena soberanía de Cuba, el motor pequeño para arrancar el motor grande de la Revolución, cuando Abel, junto a otros compañeros de armas, asumió la posición de la toma del hospital civil Saturnino Lora, donde fueron asesinados 20 jóvenes.

Siempre laceró el alma de los cubanos, y especialmente a Fidel y Haydée, evocar la manera brutal en que los sicarios de la tiranía batistiana lo ultimaron y arrancaron los ojos, sin que pudieran sacarle ninguna palabra de arrepentimiento o delación por la acción del Moncada, lo que refleja la dimensión de su estirpe mambisa y patriótica.

Pero, como dijo el propio Fidel en su alegato de autodefensa La Historia me Absolverá, sus compañeros no están ni olvidados ni muertos, viven en el alma de la Patria, en el espíritu de la nación.

En el cementerio patrimonial Santa Ifigenia, de la Ciudad Heroica, cerca de la tumba de Fidel reposan en un monumento las cenizas de quien el cantautor cubano, Silvio Rodríguez, compuso en su honor en 1968 el tema Canción del Elegido, tras conocer a Haydée que, entre otras muchas historias, le contó la de su hermano.

Lo fundamental que alienta a Cuba es que de ese legado se nutren las generaciones de hoy, esa juventud que está tan comprometida con el destino de su tierra que sigue de pie en la trinchera del estudio y del trabajo, haciendo, creando, resistiendo, a pesar de las complejas condiciones socioeconómicas que atraviesa la nación y de la prepotencia y amenaza de Estados Unidos.

Cada 20 de octubre se evoca la fecunda vida del joven combatiente, uno de los héroes más emblemáticos de la Patria renace en el alma de este pequeño país que tiene diseminada, por toda su geografía, centros de trabajo y estudios que se honran con llevar su nombre.

Uno de estos, el seminternado de primaria Abel Santamaría Cuadrado, de El Caney, en Santiago de Cuba, plantel de referencia en la educación cubana, donde tradicionalmente se celebra el cumpleaños del mártir del Moncada con el evento Abel entre nosotros, para perpetuar su memoria y asegurar que las nuevas generaciones no dejarán morir su legado.

Como paradigma de amor a la patria, valentía, fidelidad a la causa y espíritu de resistencia frente a cualquier obstáculo, ese buen hijo de la nación constituye una coraza, un escudo, ante los designios del imperio que nos amenaza y nos ataca por la hidalguía de Cuba y el ejemplo que representa para el mundo.