Qué difícil vivir durante tanto tiempo en la piel del enemigo. Qué complejo decir lo que no piensas, reunirte con personas indeseables y fingir que son tus amigos, hablar mal de tu Patria, hacer como si la odiaras, cuando en realidad por dentro estás dispuesto a dar hasta la vida por ella.
Eso es lo que debe haber sentido el combatiente de la Seguridad del Estado fallecido en fecha reciente, Enoel Salas Santos, un hombre que para muchos era un sinónimo de infamia y de traición, cuando en realidad, desde las filas enemigas fue uno de los más fieles guardianes de la Revolución.
La historia de aquel guajirito medio analfabeto comenzó a tejerse en medio de la pobreza y las injusticias cometidas por la guardia rural y los terratenientes de la zona donde residía, allá en su natal Cabaiguán.
Ante el incierto panorama, aquel mozalbete de apenas 20 años de edad y una cabellera rubia como el sol, comentó a sus padres que no soportaba más aquellas injusticias y que se iba para el monte a luchar, como ya hacían aquellos muchachos que combatían contra la tiranía en el oriente cubano.
Fue así como Enoel organizó un grupo guerrillero compuesto por campesinos de la zona y se fue a las montañas del Escambray espirituano. Sin embargo, aquella aventura no terminó nada bien, debido a la traición de un campesino que, en lugar de comida, propició una emboscada en el lugar conocido como La Llorona, donde murieron la mayoría de sus compañeros y él resultó herido.
Tiempos después, la noticia de la llegada de las tropas al mando de Camilo y Che a territorio villareño lo llenó de alegría y esperanzas. «Viejo, ahora sí se acaba la injusticia en Cuba», le expresó a su padre, al tiempo que manifestó su intención de unirse a la columna número ocho «Ciro Redondo», propósito que no demoró mucho en concretar.
Por su arrojo en los combates y la disposición para estar en los lugares de mayor peligro, terminó la guerra con los grados de primer teniente. Para Ramiro Valdés, segundo al mando de la tropa del guerrillero argentino, la conducta de Enoel no pasó inadvertida.
Al fundarse los Órganos de la Seguridad del Estado, el joven fue seleccionado para integrar sus filas. La primera misión encomendada, de infiltrarse en una compañía de oficiales a la que había que depurar, puso a prueba la inteligencia y sagacidad de que haría gala durante el resto de su vida.
Tras el éxito de aquella tarea, la dirección del Ministerio del Interior, decidió que Salas Santos estaba hecho para empeños mayores. Por orden superior, renunció a su condición de oficial del Ejército Rebelde y comenzó a construirse la fachada de un desertor.
«Traidor», le decían muchos de sus compañeros, y hasta la familia, incrédula, no quería asimilar el cambio de conducta de Enoel, quien hasta ese momento había sido un hombre íntegro.
La nueva misión asignada era tan riesgosa como importante: infiltrase en el corazón de la contrarrevolución en Miami. Con la convicción de que había que cumplir la tarea al precio de cualquier sacrificio, partió hacia los Estados Unidos, donde con pericia y astucia el «rubio de Cabaiguán», como le llamaban sus nuevos «compañeros», logró hacerse de una posición en la organización terrorista Alpha 66.
Fue tal el éxito y la confianza depositada en el nuevo «combatiente por la libertad de Cuba», que llegó a ser el coordinador militar de la formación, un cargo que le daba acceso a los planes más secretos contra Cuba, incluyendo ataques piratas e intentos de atentados planeados contra la vida del Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz.
Por la confianza ganada entre la contrarrevolución miamense, Enoel fue enviado a campamentos de entrenamiento en Puerto Rico y República Dominicana, donde se gestaban las acciones terroristas contra nuestra patria.
En diciembre de 1964, formó parte de una infiltración liderada por Eloy Gutiérrez Menoyo y otros mercenarios, que llegó a Cuba por la zona de Baracoa con el propósito de desarrollar operaciones contra la naciente Revolución.
En su captura, resultó decisiva la participación del agente de la Seguridad del Estado, quien de manera inteligente dejó pistas y guió a las fuerzas revolucionarias hasta el sitio donde se encontraban los forajidos.
Una vez apresado junto al resto del grupo, llegó el momento de que el Minint tomara la decisión definitiva respecto al combatiente Enoel Salas. O lo desclasificaba y decía toda la verdad, o lo juzgaba y lo condenaba como uno más para que continuara sirviendo a su país desde el silencio.
Consultada esa difícil decisión con él, hay que decir que no dudó un instante aceptar el nuevo reto, que lo obligó a compartir celda con terroristas, agentes de la CIA y asesinos de la peor calaña.
Durante varios años, alejado de sus seres queridos, condenado por sus antiguos compañeros de armas, y odiado por el pueblo que lo consideraba un vil mercenario, el héroe desconocido nunca dejó de cumplir la tarea asignada de desarticular los planes contrarrevolucionarios contra Cuba.
Luego de trece años y siete meses de encierro, período en que puso a prueba su entereza y valentía sin par, la alta dirección del país decidió revelar toda la verdad que había detrás de aquel hombre pequeño de estatura, pero grande es sus sentimientos y en su pasión por la tierra que lo vio nacer.
En 1985, en una solemne actividad desarrollada en Placetas, la cual estuvo encabezada por el Comandante de la Revolución Ramiro Valdés, se dio a conocer ante su familia, vecinos y compañeros, la importante labor desempeñada por el agente Allam, seudónimo con el que se bautizó a este hombre del silencio.
Aquel día, Enoel Salas Santos, el falso traidor, fue reconocido como teniente coronel del Minint y recibió el ansiado abrazo de la patria que durante tanto tiempo le había sido negado. Con su desaparición física, el pasado 3 de febrero, Cuba perdió al hombre que tuvo dos vidas, dos historias, ambas consagradas a la defensa de su patria.
