José Gabriel Ramírez Cal juntó la celebración de su onomástico con la presentación en público de su primera criatura entintada, obra de un parto investigativo sobre la historia de la radio en el centro de Cuba.

Se enfundó para la ocasión en una vistosa guayabera blanca y viajó desde su natal Camajuaní, en Villa Clara, hacia La Habana sin más pretensiones que reunir a familiares y algunos afortunados amigos que vivieran cerca del Centro de Investigación Cultural Juan Marinello o tuvieran, un lujo en estos tiempos, cómo moverse hasta allí en la mañana de este martes.
Pero a un hombre que sería cuarto bate en cualquier lineup de historiadores del béisbol, la música y las tradiciones, que se mantiene como activo jugador en los más encumbrados campeonatos de la amistad y la cubanía, no se podía dejar con lunetas vacías cuando fuera a ser consagrado también en el altar de los mejores investigadores de la radio nacional.
Escogió el legendario locutor el día de su cumpleaños para picar un cake de papel entre los asistentes, so pena de que fuera incapaz de controlar su presión arterial y tuviera, en medio del jolgorio, que tomarse un Captopril, traicionado por la que fuera siempre su mejor arma frente al micrófono: la voz.
Fue un lujo la presentación del libro La Historia de la Radio en el Centro de Cuba en presencia de Alpidio Alonso, más que ministro de Cultura, amigo de Ramírez Cal.

Entre tantos elogios, al viejo se le fueron aflojando las cuerdas vocales y por sus ojos asomaba una neblina guajira, límpida y en cascada, que casi rompe el dique emocional cuando el historiador Félix Julio Alfonso colocó su texto a la altura intelectual del paradigmático La Radio en Cuba, de Oscar Luis López.
El regalo envuelto en papel piropo de Félix Julio tensó aún más al octogenario, quien comprendió entonces que la experiencia acumulada durante su vida era insuficiente para aquilatar las consecuencias de la osadía de juntar cumpleaños con alumbramiento literario.
Quiso poner cordura al frenesí de los adjetivos de talla XXL, propios de semejantes celebraciones, y dijo Ramírez Cal que su libro solo estaba escrito con la dramaturgia de la radio y, si acaso, podían asumirlo como su mejor guion.
Cuando ya estaban más que ganadas las felicitaciones y quedaban apenas los últimos flashazos, el ministro de Cultura tomó la palabra, hizo el panegírico de rigor y sacó un inmaculado file tan blanco como el traje del cumpleañero: Díaz-Canel (Presidente cubano) te mandó una carta, dijo.
Ramírez Cal se tocó levemente el pecho, supo entonces que de esta no se iba a morir, pero por si acaso colocó delante de sí, sobre la mesa, un ejemplar de su criatura entintada y orientó la brújula auditiva hacia donde se leía el mensaje de felicitación y los reconocimientos a su obra radial y de defensor de la cultura cubana de quien es para él como un hijo más.
