¿Cuál niño no ha tenido amigos invisibles? Los míos se llamaban Machín, Nelo, Iturria, Alomá, Ramírez Cal…
Mi padre fabricaba radios de galena. Mi padre huyó de Santa Clara y su temible coronel, luego del chiste antibatistiano que soltó por una emisora. Pero no se ganó jamás aquel televisor ruso que, por fin, llegó un día gracias a mi abuela. Mientras tanto, en ejercicio legítimo de su absoluta monarquía, la CMHW era la reina radial de mi casa.
Machín, Iturria, Ramírez y muchos otros me enseñaron, antes de entrar a la escuela o de leer a Unamuno, la belleza de una lengua a la que llaman español. Y el encanto único e insustituible de la radio: la intimidad de un medio cuya dulce, cercana y contagiosa ubicuidad nada ni nadie ha superado.
Un día aquellos amigos invisibles fueron entrando en mi mundo real. Logré sentarme junto a alguno de ellos en una trasmisión en vivo y descubrir que estudiaban, por ejemplo, el libro de Tallet contra los gazapos. Y poco a poco fui admirando en ellos su completa humildad: tanto investigar, tanto sudar, tanto cuidarse la voz, tanto trasnochar, para al final regalarnos una palabra que se lleva el viento. El taoísmo sugiere que el futuro no existe, que solo existe un ahora perenne. La radio es ese ahora, y solo sacrifican su vida a ella los que no aspiran a la inmortalidad: los que aman el presente.
¿Pero quién quita que entre tantos radialistas se esconda un bachiller en Ciencias y Letras que renunció a ser médico; un locutor, corresponsal, guionista, director y productor de programas nombrado José Gabriel Ramírez Cal? Alguien con suficiente paciencia, gracia expresiva y sentido de la justicia para salvar esa era pasada —esa patria de todos que Woody Allen llamó “días de radio”— luego de haberla vivido intensamente. Alguien capaz de resumir en trescientas cinco páginas La historia de la radio en el centro de Cuba: texto merecedor de un espacio privilegiado no solo en su anaquel sino también en la añoranza.

Para entender el milagro de este libro, recomiendo leer con especial atención los capítulos 41 y 47. En el 41, el autor cuenta que se encontraba en La Habana el 11 de enero de 1980 cuando le avisaron: «Ramírez Cal, tenemos una noticia muy dolorosa, ha fallecido Celia Sánchez […] Cubrí mi turno y fui el locutor cubano que dio la noticia al mundo a través de Radio Habana Cuba». En el 47, nos recuerda el verano de 1982, cuando trajo al estudio al humorista e imitador Rogelio García para atender a las llamadas. Iturria saludaba: «Programación de verano en W. ¿Con quién desea hablar?”. Entonces pedían a Melesio Capote o a Nelson Ned, y Rogelio asumía la voz del personaje». «Recuerdo [cuenta Ramírez] que una vez pidió un oyente hablar con el narrador y comentarista Héctor Rodríguez, y Rogelio contestó, imitando perfectamente a Héctor: “Estás dominado… no puedo seguir contigo, pues voy para el Sandino, que tengo doble juego”. […] Pero qué momento más tenso viví cuando vi de pie y a mi lado al mismísimo Héctor Rodríguez quien estaba escuchándonos en su habitación del Santa Clara Libre y quiso conocer a su imitador perfecto. […] Héctor caballerosamente le dijo: “Es verdad que voy al doble juego de hoy en el Sandino como tú dijiste, pero he venido a conocer a mi mejor imitador”». Hay montones de anécdotas como esas a lo largo de estas páginas, salvadas por quien hoy entrevista a un machetero o estudiante y mañana a Tania Castellanos o a Juan Formell. Historias cubanísimas narradas por el que anuncia lo mismo un suceso local que otro universal: momentos de dolor o de alegría, horas de placidez o de tensión, en un día a día que borra las fronteras entre la historia con minúsculas que vive un hombre del éter y la Historia con mayúsculas de la Isla amada.
Quienes se dejen atrapar por estas páginas, sabrán que en territorio villareño teníamos en 1917 —cinco años antes del nacimiento oficial de la radio cubana— a uno de sus pioneros: Manolín Álvarez. Que tuvimos, en 1920, la 6EV: primera estación radiofónica del país; en 1937, la primera trasmisión en vivo y con traducción simultánea de la Serie Mundial de Grandes Ligas; en 1939, la primera red nacional telefónica fuera de La Habana: Cadena Azul; en 1979, la primera programación radial de verano en toda Cuba; y ahora contamos, a la altura de 2026, con el primer libro que narra todo eso.
Hay mucho que elogiar en esta obra.
Puesto a escoger entre unas memorias al uso y un testimonio estereoscópico, Ramírez renunció a todo narcisismo y optó por la segunda variante. Solo Dios sabe a cuánto colega entrevistó para completar la información y convertirse en historiador y vocero de su gremio. Y así, todo cuanto experimentó de modo personal aquí lo recuerda de manera colectiva. De ochenta y cuatro capítulos, en los primeros veintinueve habla como testigo o investigador; solo a la altura del 30 se resigna a tomar el rol protagónico… De todos modos, el asombroso currículo de aquel que debutó en 1963 lo habremos de entresacar con pinzas: sus premios incontables, su condición de fundador (aquí) de Explosión Latina o La loma del tamarindo y fundador también («un poquito más allá») de Un domingo con Rosillo o A primera hora... Sus andanzas profesionales junto a Carbón, Castellanos, Cepero, Chaflán, Pinelli, Roque Fuentes o Manolo de la Rosa, así como su larga y cálida complicidad con un montón de glorias de la cultura cubana. Aplaudo eso.
Igual aplaudo que aquel que anota entre sus profesiones la de geógrafo, nos lleve de Santa Clara a Caibarién, Sagua, Encrucijada, Placetas, Trinidad, Cabaiguán, Sancti Spíritus, Cruces y Cienfuegos, la ciudad donde nació la CMHW. La C de Cuba, la M de frecuencia modulada u onda larga y la H de Las Villas cobran pleno sentido para quien sueñe un mapa cultural del centro.
Aquí se habla de empresarios como Amado Trinidad o Guillermo Domenech; de artistas que se sumaron personalmente a nuestra historia radiofónica villareña: la Montaner con Bola, el Benny, la Sonora Matancera, el trío Los Panchos… Pero también se menciona a técnicos, mecánicos e ingenieros. A otros molestará el obsesivo repertorio de nombres, que puede recordarnos una guía telefónica o un censo de radialistas. Sin embargo, tras ese pase de lista permanente, hay una especie de ademán hagiográfico: los quiere recordar a todos en su virtud, no en sus defectos. Nombra uno por uno a sus colegas en un intento de salvarlos de aquello que Quevedo llamó «oscuras manos del olvido». Aplaudo eso.
Igual aplaudo en estas páginas su fino equilibrio entre el monótono orden cronológico de las monografías y el dinámico orden aleatorio de la cháchara evocadora; su abundancia de información que no podrá encontrarse en ninguna otra fuente; su modo cariñoso de invitarnos a revivir, desde la radio, nuestro más radical cambio de época: antes de la Caravana de la Libertad fueron los carros autoparlantes que se ocupaban de una publicidad bonita de tan cándida: «Cuquito, el mejor refresquito». Antes de la Avanzada Campesina, Hablemos o Mañanitas mexicanas fueron la Cadena Partagás y Haciendo Estrellas.
Dado ya, en su fecunda vejez, a la tarea de regalarnos este arduo recuento, el autor no cayó en las trampas de la retórica y el melodrama. No pretendió cazar metáforas ni debutar como literato. De hecho, conviene recordar que en la palabra impresa no hay sino un signo de la palabra hablada. Su Historia de la radio en el centro de Cuba, es, más que escrito, un testimonio conversado: confesado, susurrado, declamado por momentos y muchas veces cuchicheado. Por eso pudo terminarlo con esta estocada: “¡Gracias a todos, gracias a la radio! // Yo soy Ramírez Cal”. Aplaudo eso.
Igual aplaudo que reservara un capítulo para los coterráneos que comparten con él el alto podio del Premio Nacional. Una lista que habrá de parecernos corta mientras no incluya nombres como el de Samuel Urquía.
En un país que se desprofesionaliza a un ritmo preocupante y cuya cultura popular rinde culto al pillo, al bárbaro capaz de vivir sin doblar el lomo, obras que dignifiquen una profesión, que convoquen al prójimo a trabajar disfrutando, devienen una especie de vacuna moral. También aplaudo eso.
Pero confieso que me gustaría que, en estos tiempos de Internet y audiovisuales, no se hubieran extinguido aquellos vagos de los años ochenta que se abstenían de pinchar y le echaban la culpa a la Radio Revista W.
Cerrado el libro, trenes que ya no existen traen los circos Montalvo y La Rosa hasta Las Villas (esa provincia que tampoco existe). Y locutores que ya no existen anuncian cada media hora la gran función con leones, magos y payasos. Y en un lugar de la memoria un niño que ya no existe, pero lleva mi nombre, le da gracias al mundo porque sus grandes amigos invisibles se llaman Franklin, Víctor Manuel, Ramírez Cal…
