La Habana, 4 de marzo de 1960. Eran las tres y diez de la tarde. La ciudad permanecía en total tranquilidad, hasta que un estruendo gigantesco rompió la rutina y una columna de humo negro se elevó sobre la bahía.
Era el vapor francés La Coubre. Había llegado esa mañana cargado con fusiles y municiones compradas a Bélgica para defender a la joven Revolución . Mientras los trabajadores portuarios descargaban, la muerte llegó sin aviso.
Pero lo peor estaba por venir. Minutos después, cuando bomberos, militares y ciudadanos comunes corrían a salvar a los heridos, una segunda explosión, mucho más violenta, arrasó con todo . Fue una trampa macabra. El saldo: más de un centenar de muertos y cuatrocientos heridos. Entre las víctimas, seis marineros franceses.
No fue un accidente. La investigación cubana lo confirmó: un explosivo de alto poder, colocado en la bodega, detonó en el momento justo para causar el máximo daño. Fue el primer gran atentado terrorista contra el pueblo cubano, orquestado por la Agencia Central de Inteligencia de Estados Unidos para impedir que la naciente Revolución se armara y siguiera adelante .
Al día siguiente, en el multitudinario sepelio, el Comandante en Jefe Fidel Castro no pronunció un discurso de resignación, sino de combate. Denunció al imperialismo y, por primera vez, lanzó aquella consigna que retumbaría por siempre en la isla: “Patria o Muerte”.
El objetivo del ataque era sembrar el pánico y hacer retroceder a un pueblo. Pero aquella explosión que enlutó a cien familias, no doblegó a la nación. Sesenta y seis años después, la memoria de los caídos en el muelle de La Habana sigue en pie. Porque como sentenció entonces el Comandante en Jefe, y la historia lo confirmó: «Cuba no se acobardará. Cuba no retrocederá. La Revolución continuará inquebrantable su marcha».
