«Una medida decisiva de la eficacia de nuestra labor ideológica consistirá, en que las jóvenes generaciones se encuentren preparadas para asumir sus responsabilidades y responderse a sí mismas, en forma consecuente: ¿quiénes somos?, ¿de dónde procedemos?, ¿de quién somos deudores?, ¿de qué herencia tenemos que hacernos dignos?, ¿cuál debe ser nuestro aporte?».1
Quien escribe esas palabras es un joven de la Generación del Centenario que asaltó el Moncada junto a su hermano querido, y que cumplió sus 25 años en el exilio en México, preparándose para liberar a su Patria de la dictadura batistiana; un joven que pasó varias celebraciones de Año Nuevo lejos de su familia por luchar por una causa justa: preso en Isla de Pinos en 1953 y en 1954, en el exilio en 1955, y de 1956 a 1958 en la lucha guerrillera; un joven moncadista, expedicionario, amigo de otros jóvenes, algunos de los cuales cayeron en la lucha; un muchacho que escribía en su diario de campaña que el 14 de febrero en la guerra se lo dedicaban a su amor por Cuba; un joven ministro de un ejército revolucionario con solo 28 años, tarea a la que se dedicó en cuerpo y alma durante décadas.
Un joven activo, que dio causa a su rebeldía en el combate por su país; osado, marxista, fidelísimo, de buen sentido del humor y sensible ante las injusticias. Un joven que ha seguido siendo joven entre los que peinan canas y los otros que se asoman por primera vez a la lucha revolucionaria.
Las palabras que encabezan este escrito son una guía para el trabajo político-ideológico de nuestro Partido y de la Unión de Jóvenes Comunistas, un legado para las generaciones cuyo deber será mantener la soberanía de la Patria como única garantía para poder continuar la obra de justicia social que se inició en 1959 y que cumplió el sueño de José Martí.
«Hoy los imperialistas urden un Zanjón a escala mundial. Creen asistir a una crisis definitiva e irreversible del socialismo. Cegados por su embriaguez triunfalista calculan que Cuba, aparentemente solitaria en su vecindad geográfica con Estados Unidos, no podrá resistir y tendrá que rendirse. Desde luego, no se limitan a esperar. Confiados en esta nueva versión del fatalismo de la fruta madura, hacen y harán todo lo que esté a su alcance por empujarnos a la capitulación. Acechan la más mínima fisura para lanzarse contra nuestra patria y consumar así uno de sus más caros sueños imperiales: aplastar la Revolución Cubana, liquidar su ejemplo y someter para siempre al pueblo que se atrevió a desafiarlos».2
Estas palabras del discurso del Llamamiento al iv Congreso del Partido, el 15 de marzo de 1990, en el aniversario de la Protesta de Baraguá, reflejan la realidad histórica de la Revolución Cubana que, generación tras generación, es agredida por los gobiernos de Estados Unidos. Por esa razón, el trabajo con los jóvenes, que darán continuidad a esa lucha –que en carta a Celia, Fidel definió como «destino verdadero» de los revolucionarios cubanos–, es indispensable para la comprensión de nuestras raíces y nuestra misión histórica en el continente y en el mundo.
La cercanía de Raúl con los jóvenes, ya sea al frente de las Fuerzas Armadas o como Segundo Secretario del Comité Central, ha rebasado los deberes de esos nombramientos porque él ha sido, sencillamente, un joven más que constantemente quiere saber, decidir en equipo, subir lomas, cortar caña, ayudar a otros pueblos del mundo, valorar alternativas sin cejar en principios, conocer qué piensan las generaciones nuevas, sumar a la causa, nutrirse de ellas y que la obra más hermosa siga siendo joven y alegre, profunda y decididamente valiente; que no pierda nunca el ímpetu de la guerrilla que ha mantenido en jaque al imperialismo por más de 60 años. Para Raúl, como para Fidel, es indispensable que las generaciones que le sucedan conozcan verdaderamente nuestra historia para que sean capaces de amarla y defenderla.
Raúl es un maestro para los jóvenes y dirigentes de la Revolución, en transmitir valores desde el ejemplo, la enseñanza vital de que una Revolución legítima se hace con los propios esfuerzos, frente a los enemigos de la independencia. Para los jóvenes cubanos es preciso saber que en Nuestra América la adoración al yanqui que nos desprecia es un signo notable de degradación humana: la historia lo ha demostrado.
Podrían ser muchas las intervenciones aleccionadoras de los intercambios de Raúl con jóvenes cubanos que podríamos retomar hoy para celebrar sus 95 años. Pero son las que encabezan este escrito una brújula para los tiempos que corren.
Asumamos, en el centenario de nuestro Fidel, un centenario de combate, la herencia de unidad, antimperialismo, independentismo y justicia social que Raúl continúa defendiendo junto a nosotros, como joven mambí desde el Baraguá de Maceo, en la Patria de Martí. Aportemos, en nuestra continuidad revolucionaria, el sacrificio y el amor a la altura de nuestra historia.
Fuente:
[1] Discurso con motivo del Llamamiento al iv Congreso del Partido, Santiago de Cuba, 15 de marzo de 1990, Obras Escogidas de Raúl Castro Ruz, Tomo 6, Ediciones Celia, Oficina de Asuntos Históricos, La Habana, 2025.
[2] Ob.cit.
