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Cuba con la frente en alto y otra votación por la justicia
Foto: Osval.

Cuba con la frente en alto y otra votación por la justicia

Ortelio González Martínez / Granma

Miércoles, 21 Octubre 2026 11:25

El bloqueo es un castigo colectivo que ya no cabe en la palabra, documenta cifras récord y su impacto en la vida diaria cada vez es más terrible.

A pocos días de la votación en la Asamblea General de las Naciones Unidas, el pueblo cubano llega una vez más a ese foro con la frente en alto, con el peso de un cerco que no cesa y que, como bien han denunciado autoridades y pueblo de esta Isla, ya la palabra «bloqueo» se queda corta para explicar semejante asfixia.

No es casual que la comunidad internacional, en reiteradas ocasiones haya respaldado mayoritariamente la resolución cubana que exige el fin de esa política inhumana. El año pasado, 165 países votaron a favor de la necesidad de poner fin a esta guerra económica, comercial y financiera.

Sin embargo, el imperio, sordo ante el concierto de las naciones, redobla la presión, amenaza a terceros países y persiste en un castigo colectivo que recae sobre los hombros del pueblo de esta isla heroica.

Los números estremecen. El más reciente informe presentado por la Cancillería cubana cuantifica los daños ocasionados por esta política genocida en el período comprendido entre marzo de 2025 y febrero de 2026, en la astronómica cifra de 8 083 millones de dólares, un récord que supera en un 7% al periodo anterior, elevando el acumulado histórico a la escalofriante suma de 178 700 millones de dólares.

El bloqueo no solo representa dinero «no disponible», sino que encarece las importaciones (equipos médicos, medicamentos, tecnología educativa) y dificulta el acceso a financiamiento. Por eso, el canciller cubano ha señalado que, sin el bloqueo, el PIB de Cuba en 2025 habría sido un 10,8% superior.

Detrás de esas cifras, hay una realidad que duele en lo más profundo del hogar cubano. El cerco energético, ese que Washington ha intensificado hasta límites insospechados, no es un concepto abstracto; es la madre que cocina con leña porque no hay gas, es el anciano que sube diez pisos a pie porque el elevador no funciona, es el estudiante que hace sus tareas a la luz de una vela o de un teléfono con la batería a punto de expirar.

Cuba con la frente en alto y otra votación por la justicia
Bloqueo econnómico Foto: Cancillería de Cuba.

En el ámbito de la salud, la crueldad alcanza ribetes que estremecen. El bloqueo impide la llegada de combustibles para las ambulancias, de reactivos para los laboratorios, de medicamentos para las farmacias. La mortalidad infantil, ese indicador que Cuba supo mantener a raya durante décadas con un sistema de salud público y gratuito admirado en el mundo, se ha duplicado.

Son niños que no debieron morir, son familias que no debieron llorar, son sueños truncados por el capricho de un imperio que no perdona la osadía de un pueblo pequeño que decidió ser libre el primero de enero de 1959.

El oncólogo suizo Franco Cavalli, con cinco décadas de experiencia y un conocimiento profundo del sistema sanitario cubano, fue categórico al calificar esta política como «un intento de genocidio», pues se pretende matar por hambre o por enfermedad a toda una nación.

No es una exageración retórica; es la descripción clínica de una estrategia que busca doblegar la voluntad de un pueblo mediante la privación de lo más elemental. Y mientras esto ocurre, miles de contenedores con insumos médicos permanecen retenidos o dispersos en puertos del mundo, víctimas del temor de navieras y entidades financieras a las represalias de Washington.

Ahora bien, si como dicen los propios Estados Unidos que la verdadera causa de las carencias en Cuba no es el bloqueo, la pregunta cae por su propio peso: ¿por qué no lo levantan? La lógica más elemental indica que si un obstáculo impide el desarrollo y el bienestar de un pueblo, la solución es eliminarlo, no recrudecerlo.

Pero aquí no hay lógica que valga, sino una política de fuerza que durante casi siete décadas ha intentado, sin éxito, rendir por hambre y desesperación a una Isla que ha demostrado una resistencia inquebrantable.

El gobierno estadounidense presiona a otras naciones para que apoyen su «castigo colectivo» y modifiquen su voto en la ONU, en un «frenético despliegue» que solo confirma el aislamiento moral en el que se encuentra.

A pesar de todo, la dignidad cubana se yergue. Y es aquí donde las palabras del Apóstol cobran una vigencia estremecedora. José Martí, quien dedicó su vida a la independencia de Cuba y a la unidad de Nuestra América, advirtió en su ensayo «Nuestra América» (1891): «El gigante de las siete leguas ya está de pie, y camina, y hay que detenerlo en la puerta».

Ojalá algún día, sobre la base del respeto mutuo y la autodeterminación pueda caer esa barrera de odio, para que sea posible el diálogo constructivo. Cuba estaría dispuesta a hacerlo, porque no es la que bloquea y hostiga: la isla no ha impuesto sanciones unilaterales ni cerrado puertas a la cooperación, sino que ha sido la parte afectada por un cerco económico que denuncia cada año ante la Asamblea General de la ONU.

Cualquier gesto de acercamiento encontraría entre los cubanos una disposición genuina, siempre que se haga sobre la base del respeto a la soberanía y la autodeterminación, sin condiciones ni exigencias que pretendan cambiar el rumbo libremente elegido por este pueblo.

El día que ello suceda, la Isla podrá respirar sin el peso de una losa sobre el pecho, y el mundo entero reconocerá que Cuba no se rindió, que supo mantenerse en pie cuando todo conspiraba contra ella. Mientras tanto, confiamos en que la voz de la mayoría de las naciones volverá a retumbar en la ONU, y, más que un voto, será un recordatorio para quienes se empeñan en mantener este crimen: el mundo los mira con desprecio, y Cuba seguirá sembrando vida y esperanza.