La calle Abraham González, en la capital mexicana, aún conserva el eco del crimen. Era la madrugada del 10 de enero de 1929 cuando unas balas cobardes y compradas por el tirano Machado derribaron su cuerpo, pero no pudieron acabar con el símbolo. No pudieron terminar la leyenda. Julio Antonio Mella, el joven de mirada fulminante, al caer profirió su sentencia de combate y victoria: ¡Muero por la Revolución!
Hoy, cuando la juventud cubana, esa que lleva en sus mochilas los sueños de la Patria socialista, transita frente a su monumento en la colina universitaria, sabe que no fue un pensador de gabinete, sino un fundador de trincheras.
Hizo muchísimo en muy poco tiempo. Fundó la Federación Estudiantil Universitaria (FEU), dotó así a la rebeldía juvenil de organización y programa. Creó la Universidad Popular José Martí, porque sabía que el conocimiento, en manos del obrero y el campesino, era un arma de emancipación. Para Mella, la teoría sin práctica era estéril; la práctica sin teoría, ciega.
Martiano hasta la médula, marxista-leninista por convicción, descifró el código de la dominación: sin antimperialismo, no hay patria; sin lucha de clases, no hay justicia. Entender eso le permitió comprender la necesidad de una organización que uniera los esfuerzos y condujera las luchas del momento. Esa conciencia lo llevó a fundar, en 1925, el primer Partido Comunista de Cuba, junto al veterano luchador Carlos Baliño.
La tiranía de Gerardo Machado lo encarceló y lo forzó a un exilio que hizo su lucha continental y allí lo asesinaron. El imperialismo y sus sirvientes criollos temen, sobre todas las cosas, a los hombres íntegros, a los que no se doblegan.
No por gusto sus restos siguen dando batalla frente a la Universidad. Desde allí, su presencia eterna le dice al estudiante, al investigador, al joven trabajador: «…quien no tome las armas y se lance al combate pretextando pequeños desprecios, puede calificarse de traidor o cobarde. Mañana se podrá discutir, hoy solo es honrado luchar».
Su legado no es una reliquia museable. Cuando el imperio renueva sus formas de asedio y perfecciona su maquinaria de desinformación, Mella se convierte en ejemplo de acción y de resistencia.
A 97 años de que aquellas balas traicioneras pretendieran terminar con la obra de Julio Antonio Mella, regresar a él nos recuerda que la rebeldía debe ser organizada y que el estudio debe ser militante. Cada 10 de enero, Mella no pide veneración. Pide acción, estudio que sirva, lucha que construya.
