Al incinerar desechos como plásticos, baterías o equipos electrónicos, se liberan metales pesados y dioxinas. Estas sustancias tóxicas tienen la capacidad de atravesar la barrera hematoencefálica, el mecanismo natural de protección del cerebro.
Una vez dentro, actúan como venenos neurológicos que afectan la memoria, el desarrollo cognitivo de los niños y pueden contribuir al surgimiento de enfermedades neurodegenerativas.
El comunicado advierte además que los efectos no se limitan al sistema nervioso. La inhalación de estos contaminantes daña gravemente los pulmones y el corazón, al tiempo que los residuos químicos se depositan en el suelo y el agua, extendiendo la contaminación a toda la comunidad.
«Quemar un basurero no lo limpia, lo convierte en una fábrica de veneno», enfatizó el Centro.
La institución reconoce las dificultades que enfrenta la población ante la crisis de recolección de desechos, pero subraya que la solución no puede ser a costa de la salud colectiva.
«Cuidar el ambiente es cuidar nuestra mente. Un pueblo sano es un pueblo que piensa».
