Con las más diversas máscaras e ínfulas de influencers, los asalariados de Washington viven, a la cara o con perfiles anónimos, de los presupuestos de la guerra no convencional contra Cuba, de las migajas o sobras de las mafias y legisladores de origen cubano, y cumplen el guion de las directivas de la Agencia Central de Inteligencia y sus similares dentro o fuera de Estados Unidos.
Como vulgares ciberdelincuentes, con apoyo de granjas de bots y algoritmos de posicionamiento pagados con dinero de la administración, son los elegidos para inundar las plataformas de redes sociales de noticias falsas, mentiras o sus versiones recicladas, denigrar valores fundamentales de la nación cubana, atacar la cultura, tergiversar la historia, minar el prestigio de instituciones y personas, volar en pedazos la confianza del pueblo en sus líderes, sembrar el odio, la desunión y la duda.
Los inventan y les pagan para hacer posible un mundo en el que, desde hace décadas, se globaliza la banalidad, la ignorancia, la adicción a la mentira, el crimen, la esclavitud del celular y del embobecimiento digital, el sensacionalismo, la crónica roja, la incertidumbre, la multiplicación de la duda, del individualismo, la venganza, el egoísmo o la preferencia por el modo de vida estadounidense y occidental.
Desde la academia o la mediocridad; desde la traición o el envilecimiento político; desde las oficinas del Congreso Federal, el Departamento de Estado o las pandillas mafiosas con nombres democráticos; desde las redacciones de los tradicionalmente ultrarreaccionarios diarios, televisoras y emisoras de Miami; entre los colaboradores siempre al servicio del Consejo de Seguridad Nacional o de otras oficinas gubernamentales; de todas partes reclutan a los encargados de hacer la guerra mediática anticubana las 24 horas de los 365 días del año, sin escrúpulos ni ética, tal como lo describen los añejos manuales y discursos de los veteranos de Langley, cuando tramaron tempranamente poner fin al imperdonable «atrevimiento cubano».
A través de estos cibermercenarios, la Casa Blanca revive viejas prácticas de la Guerra Fría y el Plan Cóndor para tratar de satanizar a Cuba, sembrar la falsa matriz de que somos «exportadores» de la Revolución a cuanto país latinoamericano el pueblo se manifiesta en las calles; con matices de ente desestabilizador, versión idónea para justificar el síndrome conspirativo de Trump y la permanencia en la nefasta y oportunista lista.
Constituyen el coro infame para denigrar a las Fuerzas Armadas Revolucionarias y al Ministerio del Interior, a sus oficiales y combatientes; a los dirigentes de la Revolución y sus familiares; a las instituciones y sus funcionarios; a nuestra cultura y sus pilares.
Son los ejecutores mediáticos de las operaciones de los servicios especiales para boicotear nuestras finanzas, como lo hicieron contra Venezuela; para falsificar y tergiversar nuestra historia y momentos cruciales de nuestro proceso revolucionario. Constituyen canales para promocionar y convocar a cursos de capacitación de contrarrevolucionarios en Europa, o para entrenamientos militares en campamentos terroristas en la Florida.
Precisamente, su hoja de servicios al lado de mafias y mafiosos de Miami les han ganado un lugar en la Lista Nacional de terroristas (Resolución 19/2023) a varios de esos presuntos «influencers», prófugos de la justicia en nuestro país por incitar a la realización de actos que afectan el orden social en Cuba, mediante actos violentos.
