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Un paseo musical por La Habana Vieja
Foto: Tomada de jmvitier.com

Un paseo musical por La Habana Vieja

Mauricio Escuela Orozco

Domingo, 16 Agosto 2026 14:18

La Misa Cubana termina siendo un ritual que permanece en bucle sobre todos nosotros y que con sus diferentes cánticos nos bendice contra toda maldad terrena, metafísica o del destino.

Pocas obras logran convertirse en un símbolo que aúne identidad con sentido universal. Casi siempre —cuando se pretende una pieza en tal dirección— obtenemos algo sobremodulado, que se comporta extemporáneo y ajeno con respecto al objeto en sí. Digo esto a raíz de revisitar —vía YouTube— la Misa Cubana de José María Vitier. Concebida como un homenaje a la Virgen de la Caridad del Cobre, la composición destaca por su construcción canónica que, no obstante, violenta con armonía los elementos internos y se sale del lugar común a partir del uso de ritmo caribeños, instrumentos afros y sonoridades nacidas de la transculturación.

Me refiero a esta pieza porque quizás —en momentos en que se requiere de una revisión de los símbolos espirituales (para darles mayor potencia)— estemos obviando que la obra de Vitier ha estado presente en cada una de las estaciones de esta isla. Tanto en películas como en eventos, el compositor y pianista ha sido de las figuras que más prestigiaron el nombre de Cuba. Misa Cubana se tocó, además, durante la visita papal de 2015, en ese entonces asumió un tono y una importancia más allá de lo religioso. 

La pieza abarca una mezcla de registros que se mueven entre el barroco —con resonancias de los grandes maestros— hasta la música sacra universal y cubana (sobre todo Esteban Salas). Estamos ante uno de los esfuerzos más fructíferos de la composición. El riesgo todo el tiempo estuvo en que no sonara nuestra, en que quizás la Virgen no apareciera con su tez más oscura, con su esencia mambisa. Vitier pertenece a una de las familias que han hecho la cultura cubana. En diálogo con él y su esposa —a quienes he tenido el placer de conocer y tener como amigos— he sabido cómo los procesos creativos se mezclan entre pasado y presente. De manera tal que en la casa de los Vitier podemos sentir la presencia de Lezama, el Padre Ángel Gaztelu, Cintio Vitier, etc. Todo un mundo que subyace y determina la savia creativa.

Por ejemplo, en la Misa Cubana hay pasajes como el Kyrie eleison (Señor, ten piedad) que están escritos en clave de habanera. La angustia que se manifiesta mediante la tensión entre los instrumentos, llega al cielo a través de una sonoridad caribeña. No obstante, este pasaje está exento de todo patetismo o exageración que quizás fuesen propios del estilo barroco. Vitier evita, cuando es necesario, sobreactuar sobre la base de la misma tesis y permite que las imágenes accionen con cierta autonomía de vuelo sobre la propia composición. Se privilegia así la libertad de formato más que el canon de la misa y de tal manera se apela a una comunión con la cultura cubana. La intención es dejarnos claro que se ha hecho una obra dedicada a Dios, pero desde una porción humana, imperfecta, doliente. Esa terrenalidad está embarrada del fango de la historia y no oculta su naturaleza plebeya. Vitier siente la fe mediante la vida cotidiana y mientras escuchamos su obra visualizamos una caminata por debajo de las columnas de La Habana Vieja durante una tarde de lluvias. Incluso, al llegar a la Catedral y ya ante el retablo mayor, percibimos que en la misa resuena una procesión llena de referencias percutivas africanas. El bajo continuo —propio del barroco— se metamorfosea en las piedras arrancadas al suelo cubano y convertidas en la fachada del templo, en los castillos levantados con sudor y sangre de esclavos. Lo que pudiera parecer grandilocuente y distante se transforma en cercanía, plegaria, simbolismo poderoso de la evolución de un país desde la nada.

Cuando escucho esta pieza pienso también en Carpentier y en lo que hubiera escrito de haberla oído. Las resonancias barrocas no son meras estructuras traídas hasta el Caribe, sino que sufren cambios como resultado del sol, la erosión del salitre, la desmemoria provocada por el vapor derivado de los calores de julio y agosto. La Habana que se canta mediante la Misa Cubana es una ciudad que se hunde en su grandeza y muestra —de paso— la humanidad que la compone: al lado de las campanas y las torres talladas están los edificios empinados y a punto de caer, junto a las calles de piedra yacen aceras caóticas y llenas de picaduras para sacar agua de los acueductos, anexo al pináculo de la misma Catedral hallamos un callejón solitario que apenas muestra el silencio de un país real con sus contradicciones. Y, mientras el coro dentro de la iglesia reza: «Creo en un solo Dios Padre Todopoderoso...», la lluvia moja todo el paisaje y el polvo se deshace sobre la gente para recordarnos que somos solo eso: temporalidad.

José María Vitier compuso la obra impulsado por su propia visión como creyente, pero el artista impuso un proceso deconstructivo del canon europeo. Tenemos ante nosotros una de las piezas que más nos definen desde uno de los rincones más místicos. Barroco con misterio, luz con oscuridad, retablo y confesionario. La Misa Cubana también hace un rejuego entre lo público y lo privado. Lleva el debate de su tesis más allá del arte y la religión y lo transforma en una oportunidad para complejizar definiciones.

No puedo cerrar esta crítica/crónica sin mencionar el Agnus Dei (Cordero de Dios). Es quizás el momento más sublime. El ritmo con referencias criollas se mezcla con una plegaria por toda la humanidad. Pienso que aquí hay como una limpieza total de cualquier elemento externo a la intención del artista. Sin perder la conexión con el formato canónico, se apuesta por un pacto más allá de lo cubano. La interpretación de esta porción de la pieza siempre trae consigo una atmósfera de belleza y de recogimiento interior que —me atrevo a decir— atañe a creyentes y no creyentes. Y es que Vitier les habla a todos. La posibilidad de que el tema religioso se utilice como vehículo para construir una estructura de arte nos dice de los muchos recursos de uno de los grandes maestros de nuestra cultura.

La historia nacional consta de muchos pasajes en los cuales la fe habló por todos nosotros. Si vamos a las primeras veces que se cantó el Himno Nacional sentiremos el olor a incienso y veremos la sombra de la cruz sobre las baldosas de un templo. Vitier apeló a esa misma frecuencia y logró para siempre dotarnos de una de las piezas —quizás contra la voluntad del propio autor— canónicas de la música hispanoamericana y universal. La Misa Cubana termina siendo un ritual que permanece en bucle sobre todos nosotros y que con sus diferentes cánticos nos bendice contra toda maldad terrena, metafísica o del destino.

El recorrido por La Habana Vieja termina donde empieza, con un ritmo local emitido desde el templo católico. Casi pareciera que entre la pieza de Vitier y el pasado más remoto apenas hubiera un momento.