Guillén era periodista, era activista, era un hombre de su tiempo y de su pueblo. Y supo ver, como pocos, que el alma de Cuba no se entiende sin la herencia africana. Él mismo lo dijo: en su obra buscaba ese "color cubano", el mestizaje profundo que late en cada esquina de la isla.
Llevó a la alta poesía los ritmos del son y la voz de la cultura afroantillana. Con libros como "Motivos de son" o "Sóngoro Cosongo", Guillén no solo escribió versos: hizo bailar la palabra. Su poesía es musicalidad, pero también es denuncia, es memoria, es la crónica de las batallas sociales y políticas de una nación.
Fue reconocido como Poeta Nacional de Cuba, y su obra, traducida a más de veinte idiomas, obtuvo reconocimiento internacional. Recibió el Premio Nacional de Literatura en 1983, pero su mayor premio fue, quizás, convertirse en la voz de un pueblo que se reconoce en sus versos.
Hoy, al recordarlo, reafirmamos que su legado no es pasado, es presente. Porque Guillén supo que la poesía verdadera no se encierra en las bibliotecas: anda por las calles y se baila en cada fiesta popular. Mientras la cultura cubana siga siendo ese crisol de influencias, de ritmos y de rebeldías, la obra del Poeta Nacional se mantendrá viva y necesaria.
