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Estampas de un encuentro: así vivimos la fusión que vibra en Santa Clara (+Audio)

Oscar Salabarría Martínez

Lunes, 02 Febrero 2026 08:22

La historia de este encuentro se describe con las vibraciones que quedan en el aire mucho después de apagados los micrófonos.

Es la memoria de una ciudad que, por unos días, dejó de ser solo un paisaje de calles y plazas para convertirse en un instrumento colectivo, en el resonador natural de una sinfonía compartida. Así fue como Santa Clara vivió su Jazz Plaza: no como un programa de eventos, sino como un latido que unió el alma de lo clásico con el pulso audaz del futuro.

Una vibración peculiar comenzó a sentirse desde el domingo 25. No era solo la afinación de instrumentos, era la ciudad misma preparándose. Los escenarios ya no eran solo el Parque Vidal o el legendario Mejunje. Toda Santa Clara se transformó en un gran escenario: desde el histórico lateral del teatro La Caridad, conocido como El Malecón, hasta las galerías de arte y el Centro de Promoción Cultural Latinoamericano.

El jazz, en esta edición, no se escuchó; se respiró en cada esquina. Fue una auténtica mezcla donde se fundieron sin jerarquías el blues declarado por Wilfred y Otra Blues Band, la tradición campesina defendida por el Quinteto Criollo en su 30 aniversario, y la potencia sinfónica de la Orquesta Sinfónica Provincial acompañando a voces como la de Yudelkis Pérez.

En la sede de la Uneac, la música dialogó con el pensamiento en el coloquio José Luis Cortés in Memoriam, honrando la figura del líder de NG La Banda, un hijo ilustre de esta tierra que desde sus inicios en Irakere y Van Van fusionó la música popular con la complejidad del jazz.

Sin embargo, si hay una estampa que define el espíritu de este festival es la de la plaza Las Arcadas, tomada por estudiantes de la enseñanza artística villaclareña. Allí, entre nervios y sueños, dieron sus primeros pasos públicos los futuros maestros. Para estos jóvenes artistas, compartir el festival los reconforta y les da sentido a su camino. Un pianista de segundo año expresó con convicción que este espacio les permite "sentirse también músico".

Este diálogo intergeneracional encontró su momento más mágico en la clase magistral del aclamado pianista cubano Dayramir González. Frente a estudiantes de piano, su enseñanza fue una lección de vida: los invitó a "conversar con el instrumento y crear magia, haciendo música no solo con la mente, sino con el corazón". Esa frase, más que una técnica, es el testimonio del festival como puente. Un puente que también se tendió hacia las leyendas locales, como el merecido homenaje a Pepe el Manco, José Díaz Moreno, cuyo saxofón es parte fundamental del patrimonio sonoro de Villa Clara, y que resonó con especial emoción en el Centro Latinoamericano.  

La fiesta fue una celebración de todas las artes. Mientras en un escenario se elevaba el lirismo de un piano, en otro el cuerpo hablaba a través de la danza, y en una galería, los colores de una pintura parecían seguir el mismo ritmo. El espíritu del festival se enmarcó, precisamente, bajo la explosión cromática de «El Guateque», la obra del maestro villaclareño Alfredo Sosabravo, cuyo legado visual dialogó a la perfección con la energía de la música.

Cada institución cultural, desde el museo hasta el centro comunitario, pulsó al unísono, demostrando que la verdadera fiesta ocurre cuando el arte desborda sus espacios tradicionales y se mezcla con la vida en las calles.

El sábado 31 de enero Puchísimo en La Luna Naranja vibró con el talento de Rolando Luna, en una noche perfecta donde el piano fluyó libre, acompañado por las voces de Annys Batista y Olvido Ruiz. Y el domingo primero de febrero, mientras el Septeto Cubanacán daba los toques finales en Las Arcadas y el poderoso Charangón de Elito Revé ponía a bailar a toda una plaza, el espíritu del encuentro ya había dejado una huella imborrable. Esta fiesta en Santa Clara forma parte de una historia mayor.

El Festival Internacional Jazz Plaza, fundado en 1980, ha sido durante 41 ediciones la vitrina principal del género en Cuba.

La edición de este año hizo historia al celebrarse en cuatro ciudades, reuniendo a más de 1500 artistas, pero su verdadera fuerza siempre ha estado en algo más simple y profundo: en la conexión, en ese instante en que un acorde resonando en la noche se convierte en un recuerdo colectivo, y en la promesa silenciosa de que, el año próximo, la ciudad volverá a latir al mismo compás.