Había pasado años escuchándolos en mi playlist. Ahora —casi de casualidad— estaba yo en La Habana y me topé con ellos al doblar la Avenida Salvador Allende y caminar luego cuadra a cuadra hasta el sitio del concierto.
Era una larga distancia desde el apartamento donde dormía en la calle Maloja, entre Rayo y San Nicolás.
El olor de la muchedumbre era una mezcla de perfumes, humo de cigarros, comidas de diverso tipo, sudor y gritos.
Aunque parezca un disparate, en ese instante pensé que la bulla también se huele. Ni un solo segundo de silencio, ni un zumbido de una mosca, ni un pito de auto; solo ese sordo rugir de la masa que se movía en todas las direcciones y empezaba a detenerse.
Llegado un momento, no me podía destrabar, estaba atrapado entre miles de personas. Hay datos que hablan de 40 mil, otros de un millón y medio.
La Ciudad Deportiva es una porción de la capital que nos remite a las construcciones modernas, ese aliento que intentó otorgarle a la trama urbana un toque mundial y alejado del lugar común del criollismo. Hay un diseño como de nave espacial que ocupa el entramado de las avenidas, una fuente casi siempre sin agua y todo lo demás es un descampado. Allí se levantaron las estructuras para el concierto: tarimas, inmensos equipos de audio, pantallas...
Desde la mañana se concentraron las personas. Las cosas estaban cambiando en Cuba —pensábamos entonces— y no queríamos perdernos uno de los capítulos más originales de aquel deshielo.
No imaginábamos entonces que el iceberg era más profundo y solo veíamos una octava parte en la superficie. Bendito Hemingway que nos enseñaste dicha teoría en tus narraciones...
El concierto comenzó con un juego de luces que recorría todo el sitio. Detrás de mí, una familia saltaba y chillaba. El mayor, un anciano de barba con un pañuelo pirata en la cabeza, se sabía las letras en inglés. Sus nietos le seguían el paso, pero apenas tarareaban el final de cada sílaba.
Mick Jagger saludaba desde el escenario: "Buenas noches, pueblo de Cuba". Luego hizo una referencia a lo difícil de las incomprensiones, esas que años atrás hubieran hecho imposible un evento así.
Todos en el público aullaron de felicidad. En el cielo las estrellas brillaban despejadas, ni una nube, ni un atisbo de obstáculo. Y recordé que desde niño cada vez que en mi pueblo había algo especial —fiestas, parrandas, sucesos— el clima jodía la solemnidad de la ocasión: lluvias, vientos, incluso granizo. Era común hablar de maldiciones. Pero Cuba estaba saliendo de todo eso ¿o no?

La guinda del pastel fue "Satisfaction" cantada por todos y a ritmo de guitarras. Recordé cómo durante mi adolescencia, allá en el cuarto, la colocaba a todo volumen e imaginaba un momento como este.
Las luces se encendían mucho más, mis ojos entrecerrados, la muchedumbre que saltaba y los olores a gritos que rodeaban el escenario.
Hubo un instante en que sentí que el suelo cedía, pero era sólido y solo temblaba un poco con la caminata gigantesca de la gente. Un movimiento que resultaba absurdo y caótico, porque no conducía a ninguna parte. Era quizás un símbolo de todos nosotros, detenidos a pocas cuadras de un mar que nos conducía hasta los rincones del orbe tan vedado y ajeno.
La Habana se sentía por aquellos días y noches como la capital del mundo y lo mismo veías a un árabe con su turbante que al equipo de filmación de una superproducción. No estábamos en una ciudad del tercer mundo, sino en una ruina fastuosa que podía cambiar de la noche a la mañana.
El escenario —si bien surreal y deforme— enviaba fluorescencias de extrañeza hacia un universo externo capaz de abrazarnos y de hundirnos en nuestra peor versión.
Casi a la altura de la media noche, Jagger era una exhalación de energía sobre el escenario. Con su ropa ceñida y la figura delgada que lo distingue, poseía una energía indomable.
Entonces venía ese pensamiento de siempre: ¿Cuántos años tienen los Rolling Stones? Se especula sobre cada concierto si será el último, si sus integrantes podrán resistir la presión del propio sello de excelencia.
Son como un fósil de una época de la música rock. Pero el mundo ha evolucionado y las generaciones cambiaron. Los viejitos que ahora los cantan con nostalgia eran salvajes fanáticos de antaño que andaban con sus grabadoras portátiles en las fiestas de quince y los motivitos y que —siempre en un rincón de la casa y muy sigilosos— se detenían allí para escuchar a esos y otros grupos por entonces no muy bien mirados.
El zumbido de aquellas grabadoras obsoletas se va transformando en un ruido mayor y finalmente es la bulla de la Ciudad Deportiva llena de gente.
Las luces se encendieron más aún y me quedé casi ciego. El camino de regreso era un bucle en el cual la música va y viene y la masa se mueve adormecida o despierta por las entrecalles. Éramos una mezcla de deshielo y calor, de verano y frialdad, de ciudad y de mundo. Eso iba pensando yo, mientras mi cuerpo llegaba al apartamento, se deshacía de la ropa y se transformaba en una conciencia anestesiada entre las sábanas.
