«Mi conversión a la Literatura está marcada por Carpentier, por una imagen. Yo estaba en el preuniversitario, en el IPVCE Ernesto Guevara, de Santa Clara, y Lucía Antón, mi profesora de Español-Literatura nos hablaba de El reino de este mundo.
«Gracias a su capacidad histriónica, a su pasión, pude visualizar y aprehender la magia, el temblor que suscitan las transformaciones de Mackandal; pude penetrar de lleno en esos misterios. Luego, no hubo retroceso: yo quería suscitar esos estremecimientos. Y aquí estoy, 30 años después, recibiendo este premio, con la misma sensación de libertad y azoro con que Mackandal sobrevuela las planicies de Bois Caimán…».
Así, con el aliento del narrador y el poeta, responde Geovannys Manso (Villa Clara, 1974) cuando se le pregunta qué entraña haber ganado un premio como el Carpentier de novela, –«todo premio es un sobresalto»– que ganara recientemente con Atlas anatomofisiológico de un hombre vil.
–¿Cuáles son las esencias de la novela?
–Supongo que quien haya leído Los hijos soñolientos del abismo (Editorial Letras Cubanas, 2016) y El lector de James Joyce (Ediciones Matanzas, 2020), reencontrará a este personaje, 20 años después de la muerte de su padre, sumido en similares abismos, en similares instrospecciones.
«De algún extraño modo, lo que comenzó siendo una novela breve, se ha expandido. Alguna extraña fuerza contienen sus pensamientos, sus convulsas relaciones familiares. Una voz incontenible, fiera, corrosiva, se advierte en estas anotaciones enfebrecidas.
«Las esencias de este Atlas... no difieren mucho de los textos anteriores: un eterno retorno a los mismos miedos, a los mismos desamparos. Una historia que desea inquietarnos, absorta en su desencanto, sumida en esa memoria donde todo es fragmento y quebradura. Un texto híbrido, donde abunda el dolor y el silencio».
Justamente, esta fue una obra concebida en medio de la pandemia de la COVID-19: «Algo debe haber quedado, es muy posible, de la desmesura de aquellos días, de la incertidumbre de esas horas interminables. Aún me recuerdo en plena escritura, buscando cierta sensatez, cierto sosiego, allí donde todo fue tan incongruente, intentando desmantelar esa soledad que nos acorralaba, una soledad en mayúsculas.
«Pero el aliento ya venía marcado, la sombra que se cierne sobre este personaje: su padre, las conversaciones con una hermana distante, sus odios viscerales, ya lo asediaban y lo seguirán asediando en estas páginas futuras».
En la trilogía, ha dicho Atilio Caballero, se alza una voz ronca, discordante, áspera; que, con orgánica sobriedad, reflexiona sobre su circunstancia con la lucidez que le proporciona su natural –y agudo– sarcasmo; y hay, a la vez, una constante interacción entre lo metaficcional y el realismo más «basto», estructurada en párrafos breves, a su vez elaborados, de oraciones precisas, certeras, afiladas como estiletes, casi perfectas en su mesura, precisión y –no obstante– elocuencia.
A tales buenos resultados, avalados por la crítica y por el jurado del Carpentier, ha conducido la dedicación de quien asegura haberlo apostado todo, absolutamente todo, por la escritura: «Bien lo saben mis padres y mis amigos. Bien lo sabe Irina, mi esposa. Abandoné carreras y territorios para sentarme delante de una antigua máquina de escribir.
«Recién comenzaba este siglo y yo deambulaba por una playa semidesértica, donde escribí mi primera novela. Cada libro escrito me devuelve cierta nobleza. Hay algo mesiánico en la escritura. Recorro mi vida: palmo a palmo, surcada por nacimientos y muertes, abrazos, despedidas, reencuentros, algunos viajes y allí estoy, suprimiendo un verbo, tachando un adverbio, imaginando una nueva historia, un nuevo poema.
«Así he vivido, así quiero seguir viviendo: con esa sílaba intacta, recorriendo mi sangre, sin importar qué huracán o qué sosegado paisaje anuncie el porvenir…».
