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Acomodadora Perdida
El autor durante la presentación del libro "Vaya, última de Sagua", Editorial Capiro.

Acomodadora perdida

Alberto González Rivero

Viernes, 04 Septiembre 2026 15:55

Ese archivo viviente de la historia de la localidad que fue Pedro Suárez Rojo, Tintín, autor del libro "Enciclopedia histórica de Sagua, mitos, leyendas y curiosidades", dejó sin embargo, un vacío documental en una de sus escrituras, y casi me he convertido en un fantasma buscando por el pueblo a la protagonista de esta nota: Leonila, acomodadora del cine teatro El Encanto, de 1948 a 1954.

Paso el misterio sobre monumentos de la memoria histórica de la localidad, reviso libros, documentos, archivos computarizados, pregunto por la calle a otros habitantes natos, a Chanín, a Coqui, a especialistas de museos, a una antigua trabajadora de El Encanto, pero nada, cada vez me acompañan más desmemoriados; Leonila se me ha perdido en el tiempo, como si no hubiera existido.

Entonces entro al vetusto cine como un cazafantasma, me vuelvo a reclinar en una de sus pegables sillas de madera, mastico un caramelo de menta y me imagino de pronto dando sablazos a diestras y siniestras en lucha a muerte contra el ciego Ichi en la pantalla. Me parece escuchar los chiflidos de los espectadores desde el gallinero cuando me advierten como un zombi por el pasillo detrás de Leonila, la acomodadora, para que no solo me acondicione el asiento, sino para que me dijera qué era lo notable de una simple trabajadora del cinematógrafo al aire libre.

Quizá lo original era que ella acomodaba al público que veía los filmes mexicanos o los muñequitos en un escenario con estructura de madera, fundado como Sagua Park en 1920, techado con vigas de hierro y zinc, pero con ausencia de paredes laterales, y tal vez la linterna era un objeto anacrónico en las puestas del sol o la luna, primavera o invierno.

En algunas visiones de mis entrevistados, dicen que cuando entraban por la puerta de cristal de El Encanto -con variada cartelera en la antesala-, se abría la cortina roja y distinguían a Leonila, esbelta y trigueña, todo un gancho cultural en medio de la escasez de opulencia del sitio. Lo que no se divulgada en la cartelera era que ella cuidaba de la instalación, pues solía requerir a algunos chiquillos que se creían Superman o imitaban a Charles Chaplín corriendo a través de la sala de proyección bajo las estrellas; o bien se hacía la desentendida cuando algunos muchachos brincaban la cerca para colarse en el gallinero, evadiendo la compra del ticket de entrada.

Yo, a fuerza de despistarla, atravesaba por la reja de una casa contigua a El Encanto, donde vivía un ángel que vendía golosinas y me ponía un traje de cinéfilo para no perderme una sola secuencia de aquella beldad en mis cintas de ficción, en una de las cuales me veo escapado a través de un sinuoso y húmedo pasillo y al llegar tengo la sensación -por primera vez- de apreciar que el mundo puede ser tan bello hasta en los lugares más ignotos.

He devenido en sombra de un personaje, quizá parodia del clásico de Alfred Hitchcock de 1938: La dama desaparece, pues mis espectros testimoniales no tienen idea quién era la aludida acomodadora. Si les puedo asegurar que de alguna popularidad gozaba, no importa la dimensión. Tal vez si estiramos el rollo de la memoria pudieran renacer recuerdos de ciertas ventoleras de distraídos.  Extraño que un acucioso como Tintín cortara el rollo fílmico de la investigación en tan conmovedor rodaje.

Ahora escucho un murmullo dentro del cine al aire libre que fue abrasado por el fuego en 1950, y posteriormente se reconstruye la parte delantera con material de mampostería.

En carteleras de antaño actuaron aquí compañías de zarzuelas y de teatro bufo, y en 1930 se estrenó Amalia Batista, de Rodrigo Prats, interpretada por Maruja González, o tal vez me alcanzan algunos decibeles para escuchar de nuevo los conciertos del maestro Ernesto Lecuona.

Encuentro también la reseña de un historiador anonadado con una dama: «En los sesenta actuó en El Encanto un monumento de hembra que anunciaron como Dunia, la taína, tan hermosa que aún la recuerdo».

Empero de Leonila ni una vieja foto. Armando Hernández y Lázaro Plaín, rotulistas oficiales de El Encanto, jamás la pintaron alguna vez, ni tampoco al antológico portero del gallinero llamado Herminio Hisaldo del Pino, a quien le faltaba la mitad del dedo índice y solía introducírselo en la oreja a espectadores malcriados como Pachi; jamás hubo un esbozo de la que la barría el cine, ni del proyeccionista, ni de ningún protagonista o curador de cada tanda; claro, era el menos costoso de los cinematógrafos locales; por eso se pavoneaban el vecino Alcázar y el Principal; bah, ahí ponían películas de poca monta.

Veo a Chaplin con su chicuelo agarrado de las manos y me imagino a Leonila cuando le sale al paso al portero, pues no dejó pasar a un amigo mío porque era menor de 12 años y el entretenimiento era prohibido para esa edad. Pese a la intervención de la acomodadora, el hombre no cedió y el niño se fue llorando a sentarse en el parque Albarrán, apenado porque sus amiguitos si vieron la película. Tal fue el trauma que ya adulto, y aburrido de ver una cinta rusa en el cine Principal, salió a fumarse un cigarro, se montó en la bicicleta y al llegar a Macún su mamá le recordó que había dejado botada a la esposa.

Oigo chiflidos porque se ha partido el rollo fílmico y las voces «cojo, suelta la botella», y los proyeccionistas esquivan el lanzamiento de taquitos en la cabina. Cuando se reanuda el rodaje, mastico caramelo y Leonila está impávida con un cantante mexicano que la mantiene entretenida bajo un romance onírico. A mi lado alguien ronca a pierna suelta de tantas veces que ha visto el mismo episodio. Y observo la hecatombe de despistados que llega al lunetario, vuelan documentos, van y vienen testimonios callejeros; ni escarbando entre trozos de descoloridas cintas fílmicas encuentro a alguien que haya conocido a la artista del reparto.

Asido a la linterna astróloga de Leonila, vuelvo a penetrar por el recodo donde se ocultaba la belleza enrejada, apenas sonreía aquella Venus de pelo castaño y rostro alucinante. Sentí escalofrío cuando me obsequió un caramelo de menta, me dio calambre cuando me rozó con sus manos que imagino las de una geisha. Inhalo su perfume de pocos pesos y me embriago con la delicadeza del gesto, al punto de olvidar por unos instantes a la dama que se me escapa por el campanario de la irrealidad.

Afuera escucho el tableteo de ametralladoras de un filme francés, Fantomas se quita la careta ante la cartelera inexistente y Louis de Funes hace pucheros, el pasillo recoveco se remodela y me voy a buscar otros senderos de belleza.Todavía a mi amigo Pachi le parece que Herminio le mete el dedo mocho en la oreja y corre conmigo para seguir tras la fragancia del estante de golosinas de su tío Willian, y parecíamos un par de locos cayéndole detrás al carrito atiborrado de dulces finos, persiguiendo esos olores entre los cines El Encanto y el Alcázar. Y cuando se nos se caían al piso las boronillas de pastel, nunca notamos que sobraba algo de admiración entre los transeúntes por uno u otro centro cultural.

El cine El Encanto fue demolido en la década del 60 del siglo pasado y ahora me acosan los archivos segados y los que me han convertido en un fantasma, esos que pretenden olvidarse de la protagonista de este filme, como si tal cosa fuera posible.