No es fácil que una mujer de 70 años, economista de formación, con la agenda llena hasta los bordes, reciba el máximo galardón ambiental del país y lo celebre volviendo al trabajo al día siguiente. Pero María del Carmen Velasco Gómez no concibe otra forma de existir. Les compartimos el diálogo con nuestro equipo de comunicación.
—Doctora, llegó el Premio Nacional de Medio Ambiente 2026. ¿Se lo esperaba?
—No. Y se lo digo con honestidad. Una nunca trabaja por el premio, trabaja porque algo en el pecho la empuja. Pero cuando llegó… no voy a mentirle: me emocioné. Lloré. No por mí, sino por mi colectivo, por mi familia, por Rosa Elena Simeón que no está, pero que sembró esta semilla.

Apenas unos días después del anuncio, la delegada provincial del CITMA en Villa Clara sigue su rutina de hormiga: reuniones, indicadores, monitoreo al Plan Tarea Vida. El premio, asegura, no la detiene.
—Si algo me ha dado este reconocimiento, dice, es la certeza de que debo entregar más. Porque ahora no solo represento mi trabajo, represento la esperanza de que desde una provincia se puede hacer desarrollo sustentable: económicamente viable, socialmente justo y amigable con el entorno.
Su mirada se enciende cuando suelta esa frase, con la seguridad de quien ha traducido números en soluciones para que el medio ambiente no sufra el impacto de la depredación y otras acciones irresponsables, durante más de 27 años. Porque esa es la cifra que la acompaña: más de dos décadas y media vinculada a la actividad ambiental, tiempo suficiente para aprender que el planeta no espera.
—Usted fue planificadora, economista del Poder Popular. ¿Cómo se aprende a mirar el ambiente con ojos de números?
—Aprendí que el ambiente no es un gasto. Es el activo más barato y más eficaz que tiene un país. Si usted destruye una cuenca, después paga veinte veces más para traer agua. Si protege un bosque, ahorra en salud, en energía, en alimentos. Eso lo entiende cualquier economista que se atreva a salir de su oficina.
Y María del Carmen salió. Ha caminado cañaverales, conversado con campesinos, sentado en la misma silla a funcionarios y científicos. Por eso su gestión no es de escritorio, sino una aplicación constante del enfoque ciencia-tecnología-sociedad que el país impulsa desde el Plan de Estado para el Enfrentamiento al Cambio Climático, la conocida Tarea Vida.

—¿Qué significa para usted la sustentabilidad?
—Tres patas que no pueden cojear. La primera: económicamente viable, que quiere decir que el dinero no se fugue detrás de una ocurrencia. La segunda: socialmente justa, que el pueblo vea beneficios reales, no promesas. Y la tercera: amigable con el entorno, o sea, que lo que hagamos hoy no mate el mañana de un niño.
—¿El premio cambia algo en usted?
—Me da autoridad para exigirme más a mí misma. Yo soy una mujer de 70 años, pero mi cabeza no se apaga. Y ahora, con este premio… imagínese. Me siento como cuando Rosa Elena me llamó y me dijo: «muchacha, ven a trabajar conmigo». Otra vez me toca demostrar que la economía y el ambiente pueden bailar el mismo son.
El medio ambiente no es una ciencia blanda. Es la más dura de todas, porque ahí se juega la sobrevivencia. Y este premio, más que un trofeo, es una trinchera más alta. No pienso bajarme.

