Fidel y Díaz-Canel durante el acto de masas en la Plaza de la Revolución Ernesto Che Guevara, el 30 de septiembre de 1996. (Foto: Archivo de Vanguardia)
Jueves, 05 Agosto 2021 11:35

El chaleco moral de la dignidad de un pueblo (+Audio)

Dalia Reyes Perera

Cinco de agosto de 1994, en pleno Período Especial, casi en la llamada opción cero, Cuba vivía uno de los momentos más difíciles de la Revolución Cubana.

Carencia de alimentos, transporte, medicinas, combustible, apagones eléctricos de largas horas. Asfixia económica luego del derrumbe del campo socialista, cuando la isla perdió todas las garantías de su comercio exterior, bajo el recrudecimiento del bloqueo. En momentos en que, desde Estados Unidos, siempre augurando el fin en sus febriles pesadillas de odio e intolerancia, muchos empezaban a preparar maletas para el regreso, porque «Cuba socialista no resistiría».

Entonces, un grupo de personas desalentadas, o alentadas por el enemigo del Norte que no descansa, fueron al malecón habanero a protestar, con palos y piedras, saquearon comercios, tiendas, rompieron vidrieras, gritaron consignas contrarrevolucionarias, atacaron a los revolucionarios que fueron a defender lo nuestro. Todo estaba preparado para una intervención.

Pero una vez más se demostró que la sabiduría y la dignidad están en el pueblo, que entonces, como siempre, salió a enfrentar a ese grupo de personas que intentaban desestabilizar el país, sin lograr sus crueles propósitos.

Siempre vencen la fuerza de las ideas y de la razón, y la decisión de jamás vivir un día después, porque la libertad cuesta cara, pero vale la pena luchar por ella.

Aquel cinco de agosto llegó Fidel, otra vez con su chaleco moral. Él, una vez más, logró la hazaña de los grandes gladiadores de la historia; incluso los que protestaban empezaron a marchar junto a él cuando lo vieron, siguiendo tras su ejemplo y su coraje.

Sus confesiones sobre aquel suceso vuelven a elevarnos al hombre inmenso, siempre al frente de su tropa, bajo cualquier circunstancia, venciendo con su vocación de servidor y con estrellas martianas en la frente.

«Aún a riesgo de que me pudiera ganar algunas críticas, yo consideré mi deber ir a donde se estaban produciendo los desórdenes. Si realmente se estaban lanzando piedras y había algunos disparos, yo quería también recibir mi cuota de piedras y de disparos. No es nada extraordinario».

Con esas razones y la altivez del Comandante junto a su pueblo se alcanzó el triunfo, no hubo derramamiento de sangre, la victoria fue de Fidel y de los cubanos de bien.

Casi tres décadas después la historia se repite. Cuba, bloqueada con más de 200 medidas aprobadas por el Gobierno de Donald Trump y el reforzamiento de un bloqueo brutal que llega a su punto máximo. Otra vez, carencia de alimentos, medicinas, transporte, cortes eléctricos, largas colas para adquirir un producto imprescindible, angustia y asfixia vivir el día a día.

Todo ello agravado por una pandemia que llega a la situación más extrema con indicadores alarmantes que muestran la elevación de casos positivos a la COVID-19 y fallecidos a causa de la enfermedad. Escuelas, universidades, instalaciones turísticas y centros laborales convertidos en hospitales de campaña y centros de aislamiento.

Una vez más el país plagado de serias limitaciones económicas, ante un pueblo digno y solidario que lo único que quiere es vivir en paz, construir su propio destino y soñar su futuro sin injerencias, resolver sus problemas y errores, enfrentar sus deficiencias y desaciertos, y defender su independencia.

Una vez más el enemigo acecha y se aprovecha de las circunstancias tan adversas, ahora con una despiadada campaña mediática en las redes sociales plagas de fake news y de acusaciones al proyecto social cubano y su dirección política y gubernamental.

En medio de ese escenario, confundidos, insatisfechos, y los más: enemigos pagados por el Imperio y delincuentes, protagonizaron el 11 de julio de este 2021 una de las páginas más tristes de nuestra historia revolucionaria.

Otra vez, palos, piedras, violencia contra los que salieron a defender lo que tanta sangre nos ha costado. Enfrentamientos, ataques a hospitales y carros de policías, saqueo de tiendas, y nuevamente la exhortación a una intervención militar en la Isla.

Y como antes, Miguel Díaz-Canel, un presidente joven, heredero de las enseñanzas de Fidel, salió a las calles, fue a San Antonio de los Baños a compartir con su pueblo, explicó las imperfecciones de un proyecto asediado hasta los tuétanos, y habló también de la vocación de resistencia y la decisión de no dejarnos arrebatar la obra construida. Otra vez la coraza moral.

Es el mismo pueblo noble que un cinco de agosto o un 11 de julio salió a salvaguardar la Patria, el pueblo que prefiere recordar otras fechas de gloria como el 10 de octubre de 1868, el 24 de febrero de 1895, el 26 de julio de 1953, el primero de enero de 1959, con el triunfo revolucionario, o el 19 de abril de 1961, cuando en las arenas de Girón, se propinó la primera gran derrota del imperialismo en América.

Del cinco de agosto y del 11 de julio queda una lección: la fuerza del pueblo es invencible, porque siempre la victoria será de quienes, por encima del odio y la desesperanza, apuestan por fundar sueños, con aquel precepto martiano que late en el corazón de quienes defienden la paz, el amor y la unidad, inspirados en las enseñanzas del Apóstol de fundar, amar y construir una Patria «con todos y para el bien de todos».

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