Foto: Estudios Revolución / Tomada de Escambray
Jueves, 05 Agosto 2021 09:37

Del «maleconazo» al 11 de julio (+Audio)

Jesús Álvarez López

El llamado «maleconazo» del 5 de agosto del 94 no fue un hecho aislado. Yo había vivido desde Angola y Cuba con el ímpetu de los jóvenes y el cerebro en ebullición, el derrumbe del socialismo europeo, impulsado por los aires de incertidumbre que soplaban en Moscú. Pero Fidel había profetizado que aun cuando la URSS desapareciera, resistiríamos.

Así ocurrió, y comenzó para Cuba la inclemente y radiante etapa en que los apagones me obligaron a dormir con las puertas abiertas mientras vigilaba el sueño en la cuna de mi pequeña hija. Pero los tiempos duros curten a los patriotas, y no nos rendimos. Claro que los débiles no soportaron las penurias y salió un grupo al Malecón habanero a protestar aquel verano caliente del 94.

Está en la historia. La orden de Fidel a su escolta fue precisa, ni un arma podía usarse sin importar los riesgos. Una vez más vencía con su coraza moral y cuentan testigos que algunos de los que protestaban terminaron dando vivas al gigante.

Ya nos había alertado dos años atrás que «en los tiempos difíciles hay quienes se confunden, se desalientan, se acobardan, se reblandecen, traicionan, desertan… Pero también en los tiempos difíciles es cuando realmente se prueban los hombres y las mujeres».  Y en ese mismo discurso del 26 de julio de 1992 en Cienfuegos nos dijo que «hay gente que no entenderá jamás lo que es la patria ni lo que es la independencia… y contra esa gente tenemos que luchar».

Por eso los revolucionarios no dudaron un instante en salir resueltamente a enfrentar a los vándalos el domingo 11 de julio, que otra vez instigados desde el norte, llevaban piedras en las manos y la esperanza de que un pueblo al borde de la asfixia, exacerbada por el bloqueo imperial y la pandemia, le daría la espalda a su gobierno.

Era la orden de ataque con misiles mediáticos para iniciar el golpe blando. De nuevo vidrieras rotas, tiendas asaltadas, disturbios, y ahora se sumaban las mentiras en las redes sociales de modo que el mundo creyera que era el pueblo en las calles y el poder revolucionario se desmoronaba. 

Pero Díaz-Canel hizo lo mismo que aprendió de Fidel, irle siempre de frente a los problemas, con la fuerza de las ideas y el coraje concentrado en la «ingle», y salió de inmediato su pueblo, encabezado como siempre por los jóvenes, a defender la obra sagrada y la esperanza.

Se desmoronó en horas el sueño de los depredadores, no hubo baño de sangre. Claro que no faltará la escucha ni los oídos pegados a la tierra ante reclamos justos, pero con la obra de Fidel que no se meta nadie, porque hay millones de corazones que laten junto a ella, dispuestos a honrarla y preservarla al precio de sus vidas.

    

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