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Una fuente, un niño, una ciudad Tal parece que El Niño de la Bota ha firmado un pacto con el calendario: ni el tiempo lo persigue, ni nuestro chiquillo huye de él. Muchos crecimos extasiados ante el milagro de su eterna juventud. Incluso, durante aquellos pueriles años donde los amigos imaginarios ocupan los sueños y comparten los besos, confieso que sostuve los diálogos más divinos y sinceros que pudiesen concebir una niña que inventaba historias, y un chiquillo con desfachatada vestidura.
Ya no converso con los totíes domingueros, ni con los señores de mostachos peliagudos que jamás se dignaron a mirar bajo su pedestal de mármol: quizás por ello sueñe menos. Pero aquel crío con pantalones que cuelgan, demasiado grandes para una figurilla tan frágil e ingenua como sólo puede serlo un niño, remueve en mí una obstinada piedad hacia el chiquilín que sostiene una bota en lo alto.
Allí, parado justo en medio de su fuente, permanece inmutable ante el tiempo, inmutable al olvido, indiferente a la soledad. La imagen del niño de la bota, abandonado a su suerte en Nochebuena, considerado solamente si alguien desea fotografiarse frente a su talante de hombrecito a medio hacer, constituye el retrato de un ser desvalido. Sin embargo, en tantísimas ocasiones ha resultado testigo silencioso, pero siempre atento, de los primeros acordes de la guitarra de un trovador, o del robo de un beso nervioso, o de la caricia oculta de ancianitos que se preocupan por el ¨qué dirán¨. Goza cada día las pequeñas delicias de la vida, ésas que nos hacen seres humanos.
El misterio envuelve la historia de esta personita que se ha negado a crecer. Su existencia se entreteje alrededor de un estanque casi nunca lleno, y no por ello menos especial. La sonrisa de los labios menudos y apretados, hace que olvidemos la broncínea constitución del chicuelo que se yergue sosteniendo, como trofeo, una deslucida bota. ¿De qué serviría que nos explicasen la corriente artística a la que pertenece la escultura? El creador sólo moldeó la efigie. La vida, esa condición maravillosa, la cobra cada día, cuando el caminante que transita el Parque Vidal se detiene un instante para observar al pequeñín, mezcla de juglar encantado por las noches del teatro, amigo del alegre borrachín que sin otra compañía lo hace partícipe de sus juergas, imagen de cuentapropistas que se apoderaron de su diseño, símbolo de una ciudad.
Los últimos días del almanaque se disipan, y el niño de la bota luce su habitual aspecto candoroso, libre, inmortal. ¿Acaso el tiempo no planea cobrarle su temida cuota, como al resto de los mortales? Parece que ha firmado, como el poeta, un tratado de coexistencia pacífica con los años: ni el tiempo lo persigue, ni nuestro chiquillo huye de él, algún día se encontrarán. Mientras tanto aún crezco, extasiada, ante el milagro de su eterna juventud. |