Aquel 10 de octubre de 1868 todavía resuena en las mentes y los corazones de los cubanos. Se escuchan las campanadas de la Demajagua, ante aquella estirpe de hombres libres, ricos y esclavos unidos por la libertad de Cuba, como símbolo del hecho primigenio del nacimiento de la nación cubana.
Enorgullece ver la imagen de Céspedes hablándoles a sus esclavos, haciéndolos jurar ante la bandera bordada por Cambula “perecer en la contienda antes que retroceder en la demanda de defender la Patria”.
Enaltece ver la bandera de los tres colores, con la estrella solitaria, hecha por manos de mujer.
Aquel día Céspedes les decía a sus seguidores: “Son unos patriotas valientes y dignos. Yo por mi parte, juro que os acompañaré hasta el fin de mi vida, y que si tengo la gloria de sucumbir antes que vosotros, saldré de la tumba para recordaros vuestros deberes patrios”.
Ellos fueron los que prepararon el camino. Todavía emociona pensar en aquellos hombres y mujeres que partieron a la manigua, sin recursos, semidesnudos, descalzos muchos de ellos, con machetes en las manos y la dignidad en sus frentes, iluminados por el Sol de Cuba en la manigua redentora, dando el grito de Libertad o Muerte que estremeció los campos de Cuba y que cambiaría para siempre la historia de este país, decidido desde entonces a no dejarse doblegar ni rendirse ante ningún enemigo, por muy poderoso que fuere.
Así ha sido esta isla desde hace 150 años.
Las Campanadas de La Demajagua resonarán siempre, recordándonos que somos hijos de la lealtad y la valentía de quienes prefirieron derramar su sangre por un país libre.
Allí está el jagüey que crece y que resguarda la campana como altar de la Patria.
En este octubre luminoso recordamos a nuestro José Martí, quien inspirado en ese Ejército de cubanos dignos, encauzó la Guerra Necesaria, junto a Gómez y Maceo y tantos otros mambises que se ganaron un sitio sagrado en esta isla.
Vendrían después otras generaciones de hijos de esta tierra, que hicieron honor a la palabra Cuba: Rubén Martínez Villena, Julio Antonio Mella, José Antonio Echeverría, Pablo de la Torriente Brau, Abel Santamaría Cuadrado, Raúl Gómez García, Camilo Cienfuegos, Fidel Castro; todos como buenos alumnos de aquel padre que entregó hasta su vida en nombre de un país.
Escuchamos la voz de Martí, que catalogó la lucha iniciada aquel día como “sagrada madre nuestra”. En un discurso en Nueva York diría el Apóstol: “Los misterios más puros del alma se cumplieron en aquella mañana de la Demajagua, cuando los ricos, desembarazándose de su fortuna, salieron a pelear, sin odio a nadie, por el decoro, que vale más que ella: cuando los dueños de hombres, al ir naciendo el día, dijeron a sus esclavos: ‘¡Ya sois libres!”.
Y aquí está la voz de Fidel, advirtiéndonos que de la historia debemos recoger sus mejores enseñanzas. Fidel, con su clarividencia señalando que “Ellos hoy hubieran sido como nosotros, nosotros entonces hubiéramos sido como ellos”.
Fidel de siempre, reafirmando en el centenario de este hecho una idea que hoy nos guía como un talismán: “porque en Cuba solo ha habido una revolución: la que comenzó Carlos Manuel de Céspedes el 10 de Octubre de 1868, y que nuestro pueblo lleva adelante en estos instantes”.
A 150 años del grito de Libertad o Muerte, solo el orgullo puede embargarnos al recordar La Demajagua.
Y volver entonces, a las ideas del Comandante en Jefe: “Por eso hoy nosotros, los revolucionarios de esta generación, nuestro pueblo revolucionario puede sentir esa íntima y profunda satisfacción de estarles rindiendo a Céspedes, a los luchadores por nuestra independencia, el único tributo, el más honesto, el más sincero, el más profundo: ¡el tributo de un pueblo que recogió los frutos de sus sacrificios, y les rinde este tributo de un pueblo unido, de un poder del pueblo, de un pueblo consciente, y de una revolución victoriosa”.