Dudo que Donald Trump haya llegado alguna vez a la página final de un libro, pero debiera saber que un notable periodista y escritor cubano llamado Lisandro Otero advirtió al imperio antes de morir que Cuba estaba “mejor preparada para recibir una lluvia de cañones que una lluvia de jamones”.
Tampoco sé si Obama conoce la metáfora de Otero, pero aunque no vino cargado de jamones al menos manifestó públicamente que estaba en contra de que se nos prohibiera consumirlos. Y aterrizó en la Habana con palabras que recuerdan las que pronunciara Martínez Campos ante la curtida tropa de Maceo a la sombra de los mangos de Baraguá: “Basta de sacrificios y de sangre, bastante han hecho ustedes asombrando al mundo con su lucha”….
Claro, cuando nos invitó a olvidar la historia irrumpió al instante, la protesta de Fidel con su esclarecedora y ya legendaria reflexión que tituló con sarcasmo “El hermano Obama”. “No necesitamos que el imperio nos regale nada”, le respondió el gigante. Pero no nos engañemos, a no pocos confundió, porque por primera vez un mandatario del norte engavetaba el lenguaje agresivo y parecía tratarnos con respeto.
Mis oídos escucharon las polémicas entre detractores y defensores en mi propia cuadra e incluso entre colegas.
Hoy ya no dudo que Obama haya empezado tarde el cambio de la política hacia Cuba para que no le diera tiempo concluir la tarea, pero la historia se lo cobrará seguramente.
El retroceso en apenas dos años ha sido brusco. Hasta para el mismo cavernícola había sido una sorpresa el resultado, cuando un sistema electoral antidemocrático le abrió las puertas de la Casa Blanca. Su misión ha sido amenazar, sancionar, crear el caos en el universo con la esperanza ya baldía de que todos tiemblen.
Rendir a Cuba es su obsesión pero nadie jamás podría lograrlo. Lástima generan los estadounidenses que se dejan robar sus derechos y ya no podrán tener la dicha de compartir con la gente común de la isla heroica al bajar algunas horas de sus cruceros.
Hasta los llamados emprendedores cubanos han podido percatarse, con las imbecilidades de Trump, que el imperio también es su enemigo. Y yo que había pensado que la unanimidad casi siempre es falsa, estoy viendo ahora que no hay votos en contra, ni entre colegas, ni en mi cuadra.
Hasta el vecino con negocio y con dinero con el que siempre he polemizado en materia política me acaba de decir: “es verdad que Trump es un sinvergüenza”.
Hoy todos sentimos un profundo desprecio hacia “el gran dictador de nuestros tiempos”. Indignado te digo: Muchas gracias Donald Trump.