Este 25 de noviembre se cumple el primer año de la desaparición física de uno de los hombres más grandes que se adelantó a su tiempo: Fidel Castro Ruz.
Un líder en el que se fundían, entre otras cualidades, honor, altruismo, valentía, honestidad, sencillez, virtuosidad y sabiduría, y cuyo legado pasó a formar parte del patrimonio de la humanidad.
Fidel no solo fue un estadista, fue político, economista, filósofo, estratega militar, pensador profundo. Pocas ramas del saber escaparon a su visión crítica, enriquecida por tesis que trascienden y constituyen hitos imprescindibles para cualquier investigación o análisis del pasado, presente y futuro.
En él destaca el enorme compromiso ético y moral de sus posiciones sustentadas, su lealtad a los principios y su amor al ser humano como actor fundamental y beneficiario mayor de todo proceso de desarrollo.
Como bien se ha dicho muchas veces, la vida de Fidel Castro está llena de historia y su vida, en sí, constituye una historia, la que, como cualquier ser humano, no estuvo exenta de conflictos, divergencias, decisiones importantes, momentos gloriosos y casualidades.
Por solo poner un ejemplo de eso último, justamente a 60 años de aquel histórico episodio el 25 de noviembre de 1956 en Tuxpan, México, cuando 82 valientes hombres se embarcaron en el yate Granma, el líder de ese legendario acontecimiento y además el guía de la Revolución Cubana, partió hacia la eternidad.
Ahora, el mejor homenaje que podamos rendirle a nuestro Comandante Invicto, es preservando su ejemplo de revolucionario, de hombre y padre que nos legó una obra, una memoria histórica y una ética, junto a valores y principios que constituyen obligadas pautas a seguir por las presentes y futuras generaciones de cubanos.
Fidel fue un iluminado que irradió compromisos, confianza, lealtad, solidaridad y apego a la independencia, libertad y soberanía de los pueblos.
Y aun cuando físicamente no lo tenemos, Fidel está en todas partes, porque los indispensables nunca mueren.