Sigue en pie el cardinal llamamiento hecho por Martí a los compatriotas revolucionarios en 1895, ya iniciada la contienda emancipadora: “De pensamiento es la guerra mayor que se nos hace: ganémosla a pensamiento”.
Fresca la Conferencia Nacional con que el Partido Comunista de Cuba
dio continuidad a su Sexto Congreso, el país recibe otro 24 de febrero. Entre el auroral 10 de octubre de 1868 y el 26
de julio de 1953, aquella fecha de 1895 quedó inscrita como uno de
los hitos cimeros en la historia de la patria.
En noviembre de 1889, ante el Congreso Internacional de
Washington –extendido en varias sesiones desde octubre de ese año hasta
abril de 1890–, José
Martí le escribió a Gonzalo de Quesada: “Son algunos los vendidos y
muchos los venales; pero de un bufido del honor puede echarse atrás a
los que, por hábitos de rebaño, o el apetito de las lentejas, se salen
de las filas en cuanto oyen el látigo que los convoca, o ven el plato
puesto”.
Quesada fungía como secretario de la delegación argentina en
aquel foro, y luego lo sería de Martí en el Partido Revolucionario
Cubano, proclamado el 10 de abril de 1892.
Ese Partido se creó para lograr que el alzamiento necesario
alcanzara la eficacia que el independentismo no había conseguido antes.
En un discurso que pronunció en Nueva York el 24 de febrero de 1894,
Martí sostuvo: “Las etapas de los pueblos no se cuentan por sus épocas
de sometimiento infructuoso, sino por sus instantes de rebelión”.
Diversas causas impidieron en 1895 el logro estricto del plan
trazado, y el levantamiento no fue todo lo simultáneo que debía. Pero,
sin primacía asignada a unas sobre otras, en varias comarcas se
produjo a la vez el alzamiento con que el corazón de Cuba se mostró en
un bufido del honor. Novedosa en la historia insurreccional de nuestra
América, la simultaneidad perseguía que la guerra fuese “breve y
directa como el rayo”, para impedir la concentración del ejército
español y la intervención estadounidense.
El Congreso mencionado lo había concebido la entonces
naciente potencia imperialista para atar en política a nuestra América
con lazos económicos. Pero a Cuba le reservaba “un plan más tenebroso”:
forzarla y precipitarla a la guerra, “para tener pretexto de
intervenir en ella, y con el crédito de mediador y de garantizador,
quedarse con ella”. Así le escribió Martí a Quesada al mes siguiente de
la carta citada antes, en la cual también vibra su latinoamericanismo.
En ella expresa que, buscando aliados posibles para enfrentar
a vendidos y venales, tiene en cuenta “el interés de lo que queda de
honra en la América Latina,—el respeto que impone un pueblo decoroso—la
obligación en que esta tierra [los Estados Unidos] está de no
declararse aún ante el mundo pueblo conquistador—lo poco que queda aquí
de republicanismo sano—y la posibilidad de obtener nuestra
independencia antes de que le sea permitido a este pueblo por los
nuestros extenderse sobre sus cercanías, y regirlos a todos:—he ahí
nuestros aliados, y con ellos emprendo la lucha”.
Murió en combate el 19 de mayo de 1895, a menos de dos meses
de haberse iniciado la gesta, y ello contribuyó al fracaso temporal de
su programa revolucionario. Pero en 1953, centenario de su nacimiento,
el 26 de julio comenzó una nueva etapa en la dignificación del pueblo
cubano, que el 1ro de enero de 1959 celebró el triunfo de la
Revolución. Esta abrió el camino para realizar los ideales martianos no
solo en Cuba: la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños
encarna para estos pueblos un paso de integración sin precedentes, y
es, de hecho, un homenaje a Martí.
Hoy el imperio, que goza de hegemonía, es aún más
desfachatado, y Cuba debe mantener la Revolución que tiene en Martí a
su autor intelectual y es inseparable de logros como la mencionada
Comunidad. De ahí la responsabilidad contraída en el perfeccionamiento
económico nacional, propósito que no es un fin en sí mismo, sino
requerimiento insoslayable para que perduren los logros sociales. Ellos
han inspirado a lo mejor de nuestra América en su propia transformación
y en el avance de la unidad frente a fuerzas enemigas comunes, que
manejan poderosos medios bélicos y propagandísticos.
Sigue en pie el cardinal llamamiento hecho por Martí a los
compatriotas revolucionarios en 1895, ya iniciada la contienda
emancipadora: “De pensamiento es la guerra mayor que se nos hace:
ganémosla a pensamiento”. Sin la correspondiente base ideológica, las
conquistas de la Revolución no estarían seguras ni serían lo que hemos
de garantizar que sigan siendo. Con igual determinación debemos
enfrentar deficiencias internas y males como la corrupción, opuestos de
raíz a una obra cuya enérgica defensa rinde homenaje a su Apóstol.
Frente a ellos, ningún sometimiento infructuoso, sino bufidos del
honor. A eso nos han convocado el Congreso y la Conferencia del Partido
Comunista de Cuba.
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Nacional de Partiodo
TOMADO DE LA REVISTA BOHEMIA DIGITAL
http://www.bohemia.cu/2012/02/15/opinion/editorial.html




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