Jueves, 17 de Mayo del 2012,
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El hombre que habita en San Ernesto de la Higuera

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 Uno de los hombres más nobles, más extraordinariosNo estamos preparados para aceptar la muerte en ninguna etapa. El dolor no distingue entre la madurez o la ingenuidad de un niño, simplemente lacera. Pero cuando la frialdad de lo inevitable se lanza sobre aquellos que aún tienen demasiado que hacer en este mundo, entonces la pena es doble. Quizás por ello las montañas lloraban al caballero gallardo, aunque éramos demasiado pequeños para comprender que el rostro de expresión suave e inteligente no significaba sólo un nombre corto y querido que jurábamos imitar cada mañana, sino un símbolo de dignidad para todo ser humano.

Dicen quienes han vivido más que recuerdan con un nudo en la garganta aquel instante en que Fidel les dijo que ya habían acabado para el Che los días de andares libertarios por cada tierra triste de la América nuestra. Y costaba mucho creer que fuera cierto, porque quien coloca al otro por delante, incluso, de sus propios hijos, debe poseer en su esencia un algo divino, que le permita burlar a la muerte. Quizás por ello la agreste montaña andina lo venere como San Ernesto de la Higuera, pues de alguien que fundó su existencia en la interminable labor de hacer el bien, solo pueden emanar bendiciones.

Pero la crudeza de los que prefieren desgarrar lo bello a fuerza de feroces dentelladas, nos lo arrebataron cuando sus botas aún no se cansaban de escalar  hacia la libertad. Ilusos esos que creen que ocultando del mundo el cuerpo y las ropas es posible enterrar la obra de toda la vida.  Y así, hecho mito, el hombre que prefería avanzar un paso con austeridad antes de vencer distancias a fuerza de halagos, llegó a esta ciudad un octubre lluvioso y triste.

Hasta hoy parece casi irreal, porque nos resultaba increíble que el nombre que voló de boca en boca, de bandera a corazón, pudiese quedar resumido al espacio de un nicho. Y es precisamente allí, en su dimensión mortal, donde radica la entrañable transparencia de quien eligió una vida de dar. Pero fue un ser humano que también lloró, y sintió hambre y deseos de quizás, llevar su existencia por caminos más humanos. Sin embargo, eligió el sacrificio en pos de todos.   

Quizás hasta lo ofendan tantas lisonjas, pues ello no va con la vida de un guerrillero, y aunque todos los días sean los indicados para homenajearlo, permítame hoy inclinarme ante la dignidad de un hombre puro: Che Comandante, amigo.

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